Oración , Preghiera , Priére , Prayer , Gebet , Oratio, Oração de Jesus

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CATECISMO DA IGREJA CATÓLICA:
2666. Mas o nome que tudo encerra é o que o Filho de Deus recebe na sua encarnação: JESUS. O nome divino é indizível para lábios humanos mas, ao assumir a nossa humanidade, o Verbo de Deus comunica-no-lo e nós podemos invocá-lo: «Jesus», « YHWH salva» . O nome de Jesus contém tudo: Deus e o homem e toda a economia da criação e da salvação. Rezar «Jesus» é invocá-Lo, chamá-Lo a nós. O seu nome é o único que contém a presença que significa. Jesus é o Ressuscitado, e todo aquele que invocar o seu nome, acolhe o Filho de Deus que o amou e por ele Se entregou.
2667. Esta invocação de fé tão simples foi desenvolvida na tradição da oração sob as mais variadas formas, tanto no Oriente como no Ocidente. A formulação mais habitual, transmitida pelos espirituais do Sinai, da Síria e de Athos, é a invocação: «Jesus, Cristo, Filho de Deus, Senhor, tende piedade de nós, pecadores!». Ela conjuga o hino cristológico de Fl 2, 6-11 com a invocação do publicano e dos mendigos da luz (14). Por ela, o coração sintoniza com a miséria dos homens e com a misericórdia do seu Salvador.
2668. A invocação do santo Nome de Jesus é o caminho mais simples da oração contínua. Muitas vezes repetida por um coração humildemente atento, não se dispersa num «mar de palavras», mas «guarda a Palavra e produz fruto pela constância». E é possível «em todo o tempo», porque não constitui uma ocupação a par de outra, mas é a ocupação única, a de amar a Deus, que anima e transfigura toda a acção em Cristo Jesus.
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quinta-feira, 22 de agosto de 2013

Matta el Meskin, L’ esperienza di Dio nella preghiera

Prólogo

Matta el Meskin





El mundo de hoy tiene sed del testimonio de una fe viva en Jesucristo: no tiene tanta sed de escuchar sobre él, sino más bien de vivirlo. ¡Existen libros y maestros que hablan de Cristo ciertamente, y cuántos! Pero hombres de oración que viven con Cristo, que hablan con Cristo, ¿cuántos hay?



La Iglesia no puede vivir únicamente de artículos de fe para estudiar. La fe en Jesucristo no es una teoría, sino una fuerza que actúa capaz de cambiar la vida. Todo hombre que vive en Cristo Jesús debe ser portador de esa fuerza, debe ser capaz de cambiar su propia vida, de renovarla por el poder de Cristo.



Pero nuestra fe en Cristo estará sin fuerza hasta que no nos encontremos personalmente con Él, cara a cara, en lo más profundo de nosotros mismos, en la paciencia, en la perseverancia y en el coraje que nos permitirán soportar la inmensa humillación de ver nuestra alma desnuda ante sus ojos de luz y de salir enriquecidos de una experiencia particular, de una renovación del alma y de un conocimiento verdadero de la santidad de Cristo y de su benevolencia.



Cada encuentro con Cristo es oración renovadora. Cada oración es experiencia de fe. Cada experiencia de fe es vida eterna.



Esto no significa que la verdad de la fe y de la teología pueda cambiar y transformarse según la experiencia interior del hombre. La verdad de la fe es estable porque participa de la estabilidad de Dios mismo. Nuestra experiencia no hace más que aumentar en nosotros la claridad de su percepción.



Dios se manifiesta en sus santos. Es gracias a la experiencia de los santos y de los justos en el curso de los siglos por los que hemos conocido y conocemos a Dios.



Pero esta es una verdad que no podemos malinterpretar: aunque la experiencia de los santos ilumine para nosotros el camino del conocimiento, ellos no pueden comunicarnos la fe viva si desde el fondo de nuestra vida y de nuestra experiencia no brota un testimonio personal. Cristo debe ser para ti Aquel que es para cada santo: el que ha muerto por ti, personalmente.



No nos ha dado solamente el conocerlo o el creer en él, sino también el vivir para él. Nos ha dado el Espíritu Santo porque nos instruye y permanece en nosotros, cambia y renueva nuestro espíritu, toma cada día de Cristo lo que nos da.



La vida en Cristo es movimiento, experiencia, renovación, crecimiento ininterrumpido en el Espíritu. Pero este crecimiento, que se da por la experiencia individual, debe estar en total armonía con la experiencia colectiva de la Iglesia, en el marco definido por la fe.



Cristo nos llama a orar a Dios. Insiste y quiere que oremos sin cansarnos y con gran asiduidad. Este llamado revela en realidad la fuente que nos dará el don de la gracia de la transfiguración, de la renovación y del crecimiento. Cristo nos muestra la necesidad de la oración, porque es por su medio que obtenemos lo que de otro modo no sabríamos obtener. Ahora bien, lo que no sabríamos obtener si no por medio de la oración es lo proprium de Dios mismo: “El dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 13) [1]. La oración es de hecho un contacto espiritual con Dios.



En el proyecto de Dios, el fin de la oración incesante es la de producir en nosotros, día a día, un ininterrumpido cambio esencial. Si desea que la oración sea muy asidua, es porque ella nos transforma más allá de nuestra naturaleza. Es lo que sucede cuando sentimos haber sido convertidos en algo más grande que nosotros mismos. Por esto debemos suplicar insistentemente que nuestra oración sea escuchada, porque es por su medio que obtendremos lo que por el contrario no sabríamos merecer.



La oración es aquel acto esencial en el cual Dios mismo, sin que nosotros nos demos cuenta, obra en nosotros el cambio, la renovación y el crecimiento del alma.



Ni el bienestar, ni la paz interior, ni la impresión de ser escuchados, ni ningún otro sentimiento pueden igualar la acción secreta del Espíritu Santo sobre el alma y hacerla digna de la vida eterna. La oración es la acción espiritual más fuerte que tiene en sí la propia recompensa inmediata, sin necesidad de una prueba afectiva. La oración no puede tener un objetivo más importante de sí misma: ella es el fin más importante del acto más importante.



La oración es apertura a la energía activa de Dios, fuerza invisible, fuerza intangible. Según la promesa de Cristo (Jn 6, 37) el hombre no puede retirarse de la presencia de Dios sin obtener un cambio esencial, una renovación que no aparecerá como una imprevista explosión, sino más bien como construcción minuciosa y lenta, casi imperceptible.



El que persevera delante de Dios y persiste en la confianza en él por medio de la oración, recibirá mucho más de lo que esperaba y mucho más de cuanto habría merecido. El que vive en la oración acumula un inmenso tesoro de confianza en Dios. La fuerza y la certeza de este sentimiento superan el orden de lo visible y de lo tangible, porque el alma, en todo su propio ser, se impregna profundamente de Dios y el hombre percibe la presencia de Dios con gran certeza, tanto de sentirse más grande y más fuerte de cuanto en verdad es. Adquiere entonces la convicción de otra existencia, superior a su vida temporal, pero sin ignorar su propia debilidad, ni olvidando sus propios límites.



Este sentimiento de certeza de la presencia de Dios, de su fuerza, produce en el alma una ampliación del campo de percepción de la verdad divina, el desarrollo de la capacidad del discernimiento y de visión. El alma da testimonio entonces al emerger, desde lo profundo de sí misma, de un mundo nuevo, su nuevo mundo amado, el de Jesús, que viene de Dios y no de los sentidos o del yo. Este mundo que el hombre aprende ya a conocer, según el querer del Espíritu y no de la razón, sin la intervención de la propia voluntad, de su sabiduría o del esfuerzo humano.



Desde el momento en el cual el alma comienza a elevarse en el mundo de la “luz verdadera” (Jn 1, 9) que está en él, comienza a ponerse en armonía con Dios a través de la oración continua hasta eliminar toda división, toda duda, toda inquietud. Entonces la Verdad dirige sus movimientos y todos sus sentimientos y el fuego del amor divino funda su experiencia pasada y presente, suprimiendo la parcialidad y los temores del yo, los errores del egoísmo y sus sospechas. Así es como en el fondo del alma no queda otra cosa más que la plenitud de la soberanía del Espíritu y la extrema felicidad de someterse a su voluntad.



***



Cuando Cristo nos exhorta a perseverar en la oración en su Nombre ante el Padre y nos revela su extraordinaria labor de mediador, por medio de esta unión con él en la oración, él nos da una fuerza que nos permite acceder a niveles del espíritu que superan nuestra posibilidad, nuestra percepción, nuestros sentidos y nuestra capacidad humana.



Cada oración que ofrecemos al Padre en el Nombre de Jesucristo es como una corriente espiritual que brota del corazón de Cristo hacia nuestros corazones. Con su energía espiritual, fuerza invisible, intangible, Él penetra y se asienta en lo profundo del alma para elevarnos más allá de nosotros mismos y llevarnos al Padre.



El misterio de la mediación de Cristo por cada una de nuestras oraciones ofrecidas al Padre en su Nombre reside en su intercesión como sumo sacerdote y en su inmolación redentora, que le ha hecho “capaz de salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, estando siempre vivo para interceder a nuestro favor” (Hebreos 7, 25).



Cuando Cristo nos exhorta a orar y nos asegura que nuestra oración será escuchada, nos hace responsables y culpables si no oramos y si no perseveramos hasta obtener la respuesta que satisface su voluntad. Así la oración se vuelve, entre las acciones más fuertes, aquella que nos introduce a la comunión inmediata con Cristo, allí donde nuestros pedidos son directamente escuchados por el Padre.



No debemos nunca olvidarnos que el fin último de la oración es el de glorificar a Dios, el de gustar su misericordia, su verdad y la maravillosa fidelidad a sus promesas. Mientras oramos debemos por tanto llegar a sentir que el objetivo final de nuestra oración es la proclamación de su gloria.



En el interior de esta bendita finalidad se encuentra toda la oración de intercesión ofrecida por la Iglesia por las almas cansadas, perdidas y enfermas. Es a esta oración que insistentemente la Iglesia invita a todos sus miembros cuando el diácono, al inicio de cada intercesión, llama a la Iglesia entera a ofrecer oraciones y súplicas por la salvación de todos. Ya que la Iglesia (de la cual nosotros somos parte), debido a la presencia de Cristo, se vuelve “un reino de sacerdotes para Dios” (Ap 1, 6), corresponde a cada uno interceder y orar por los cercanos y los lejanos, con una urgencia obligatoria y no opcional.



Pero la experiencia de la oración no está hecha de alegrías, de fuerzas y de beneficios tangibles. A fin de que el hombre muera bajo la mano de Dios es necesario que pase a través de innumerables etapas de educación y de corrección. Sabemos que Dios hace morir para hacer vivir, derriba para levantar, hiere para curar, golpea para abrazar, exilia para reconducir al propio seno. Es necesario que todos sus elegidos pasen bajo el yugo, que todos sus predilectos gusten la amargura del estado de desamparo y de abandono, que sus hijos prueben su cólera y sus reproches de Padre.



El que por medio de la oración en el Nombre de Cristo ha entrado en una alianza con el Padre debe antes que nada confiar su propia alma a la escuela materna de la corrección, luego a la escuela de los sufrimientos básicos, hasta llegar al instituto de los sufrimientos superiores. Si ha sido necesario que “hiciera perfecto por medio del sufrimiento al jefe que nos conduciría a la salvación…” (Hebreos 2, 10), es para nosotros imposible entrar en comunión con su gloria sin pasar antes por la comunión con sus sufrimientos.



Todos los que han sido hechos perfectos en la escuela del sufrimiento de Dios se han vuelto fuertes en la fe:



“… los cuales por la fe conquistaron reinos, ejercieron la justicia, consiguieron las promesas, cerraron las fauces de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada. Su debilidad se convirtió en vigor: fueron fuertes en la lucha y rechazaron los ataques de los extranjeros. Hubo mujeres que recobraron con vida a sus muertos. Unos se dejaron torturar, renunciando a ser liberados, para obtener una mejor resurrección. Otros sufrieron injurias y golpes, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, despedazados, muertos por la espada. Anduvieron errantes, cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos y maltratados. Ya que el mundo no era digno de ellos, tuvieron que vagar por desiertos y montañas, refugiándose en cuevas y cavernas… pero recibieron por su fe un buen testimonio (Hebreos 11, 33-39)



Del mismo modo, quien quiere ser perfecto en la fe debe antes que nada dejarse conducir a la perfección de la pedagogía del Espíritu a través de los diversos métodos de corrección y enderezamiento, para ser digno de testimoniar la propia fe en Dios, en los dolores, en la prueba y bajo los más terribles peligros hasta la muerte. Sus sufrimientos le valdrán el testimonio divino que lo invita a compartir su gloria: “Venid, benditos de mi Padre, recibid en heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mt 25, 34).



La experiencia de la oración sólo trae ventajas únicamente al que por su medio se renueva y crece. De hecho, recae también sobre otros para iluminarlos: “Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres”. (Mt 5, 16).



El alcance de la oración es inmenso. Va más allá de quien la hace, ésta enviste a toda la humanidad. Según la profundidad de la experiencia, su luz puede extenderse para iluminar las generaciones y testimoniar a Dios a los cuatros ángulos del mundo.



La falta de testimonios de la cual todos sufrimos y la escasez de predicadores consagrados no pueden ser colmados sino por los hombres de oración, por el testimonio de sus vidas, por la fuerza de su fe y por la certeza de su esperanza. La violencia de la influencia del mal, de la injusticia, del amor al dinero que somete al mundo, puede ser templada y su aguijón eliminado sólo gracias a estos hombres, a estas mujeres, a estos jóvenes que con su vida y oración dan un sentido nuevo al mundo, una esperanza nueva a la vida. Esta se renueva a la luz de sus testimonios que se irradia por su renuncia a todo y por la consagración de su vida entera a Dios y a la Verdad.



¡Hoy, la espera del mundo de un testimonio vivo de fe –que emana de un alma unida a Dios en la verdad- es inmensa, porque un simple testimonio de estos supera, en peso y eficacia humanas, a mil y un libros sobre doctrina, sobre fe y sobre la oración!



Ante el terror y el desconcierto por la amenaza de la destrucción del mundo, no tenemos otra salida hacia la paz, la esperanza y la seguridad si no por la vida de los hombres de oración que, por la fuerza divina que les habita, pueden aún crear en nosotros la inefable visión de un mundo que no puede ser destruido por el mal.



La necesidad de entrar en la oración se hace cada vez más urgente, no tanto con el fin de permitirnos aislarnos del mundo que se pierde y de salvar nuestra vida, sino para asumir el peligro del mundo y rescatarlo. ¡Cuando morimos al mundo y a nosotros mismos el mundo vive y se renueva! Las rodillas dobladas pueden cambiar no solo nuestra alma, sino también el futuro del mundo.



El alma que lleva la propia cruz no llega sola a Cristo, sino que, sin darse cuenta, ella atrae detrás de sí a muchas personas: “Atráeme detrás de ti, corramos” (Ct 1, 4). El alma humana no está nunca sola. Misteriosamente, el ascenso de un alma al reino es una ganancia para el mundo entero. ¡Es más fácil seguir un camino ya trazado! Los hombres de oración son los indicadores confiables que iluminan el camino hasta el final.









Matta el Meskin

L’ esperienza di Dio nella preghiera

Ed. Qiqajon. Comunità di Bose

Págs. 9-16





[1] Antonio, primer asceta de Egipto, dice que “la adquisición de Dios” en el corazón es el fin del hombre que ama a Dios: “Dado que lo divino está en ustedes, los amo con todo el corazón y con todo el espíritu, porque han adquirido a Dios en ustedes mismos… pido constantemente a Dios para ustedes que haga crecer en sus corazones, con su amor, la realidad divina”. (Carta 13, 1) Del mismo modo, Serafín de Sarov, santo ruso del siglo XVIII, enseña que “el fin de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo”.




 

segunda-feira, 23 de maio de 2011

«La Plegaria por los Demás» de Matta El Meskin


El Padre "Matías el Pobre" es uno de los pilares de la renovación actual en la Iglesia copta. Monje desde hace casi cuarenta anos, llevó durante mucho tiempo una vida eremítica en las grutas del desierto de Wadi el Rayyan, al sur de Egipto. En 1969, fue llamado por el entonces Patriarca Cirilo VI para renovar el antiguo monasterio San Macario, en Wadi el Natrum. Gracias a su carisma de Padre espiritual y a un enorme esfuerzo de reconstrucción, el monasterio cuenta hoy con más de ochenta monjes y se ha convertido en un centro irradiante de vida nueva, eje de desarrollo material para el desierto de Sceté, donde se encuentra, y de enseñanza espiritual dirigida no sólo a la nueva generación de monjes coptas sino también a las numerosos visitantes que son recibidos con conmovedora hospitalidad.



«La Plegaria por los Demás»
uando durante la plegaria sentimos el gozo de la comunión con el Cristo y somos juzgados dignos de llevar su cruz, esto no quiere decir que la plegaria haya llegado a su término. Por el contrario, ésa es una invitación para comenzar a iniciarnos en el misterio de la plegaria que supera el entendimiento humano: descubrimos que nuestras plegarias se convierten para las demás en una, fuente de potencia espiritual.
Aquél a quien el Cristo confía los secretos de su corazón y de su misión hacia los pecadores, recibe de El la potencia para consumar su obra y vivir su amor. El que ama a los pecadores como el Cristo los ama, que se compadece del sufrimiento de los pobres y de los enfermos y que está dispuesto a ocupar se de ellos, ése es justamente capaz de orar por ellos y obtener su curación, su consuelo y su aliento.
Incluso puede obtener para otros la remisión de sus pecados. Pues el hombre que se une al Cristo por la plegaria se hace capaz de ponerse en el lugar del pecador, de tomar sobre si el pecado del otro y toda su debilidad, y de soportar la corrección y el castigo. Por este hecho, y gracias a esta disposición y su unión con el Cristo, puede pedir para los otros el perdón de sus pecados y obtenerlo.
Aquí, la plegaria empieza a tener una de las funciones más importantes para la salvación de los otros y la manifestación de la misericordia divina en aquellos que están lejos de Dios por indiferencia o ignorancia.
Se convierte así en un apoyo potente para la predicación, en una fuerza misteriosa que otorga la Palabra justa y prepara los corazones a recibir la remisión y la salvación. Uno solo que ore con fervor, en su habitación y en secreto, puede producir, por su unión con el Cristo, la salvación de miles de personas.
Dios emplea nuestras oraciones para la salvación de los demás
Debemos saber que cuando Dios nos atrae hacia la oración no tiene en cuenta solamente nuestra salvación, sino que el desea también emplear nuestras plegarias para la salvación de los demás. Por eso la oración es una de las obras más fundamentales y más preciosas a los ojos de Dios.
El hombre que se esfuerza en el vida de plegaria y progresa rápidamente en el espíritu de abandono y de obediencia a la voluntad de Dios se convierte en "un buen soldado del Cristo Jesús". El Señor mismo lo llama todos los días a su presencia y lo ejercita en la intercesión a favor de los otros hasta ser escuchado. Recibirá pronto del Señor la potencia para salvar a numerosas personas y conducirlas del camino de la muerte hacia el seno de Dios.
El progreso de nuestra vida de oración se traduce por la intimidad de nuestro amor con Dios. Esta intimidad es la consecuencia directa tanto de la satisfacción que Dios siente por su condescendencia hacia nuestra debilidad, como de la amplitud del horizonte de nuestra humanidad; es decir, la conciencia aguda que tenemos de nuestro deber absoluto hacia los demás, de nuestra responsabilidad espiritual hacia los pecadores y aquellos cuya fe o caridad desfallecen, hacia los que sufren o están oprimidos, los que predican y anuncian la palabra.
Los grados superiores de la oración, en los cuales ésta se lanza a su perfección, tienen por signo la súplica ferviente con lágrimas a favor de los demás. Es como si nuestro progreso en la vida de oración nos fuera otorgado de hecho para bien de nuestros hermanos más débiles y que no saben orar. "Orad los unos por los otros, para ser curados". Y cuando Santiago nos exhorta a llamar a "los presbíteros de la Iglesia" para que oren por el enfermo que sufre, con el fin de curarlo, es porque se supone que el presbítero está más avanzado que los otros hombres en la vida de plegaria, y recibió más gracias como para dedicarse a orar por los demás.
Solo podemos progresar en los grados de la oración, adquirir una verdadera estabilidad junto a Dios y recibir el don de lágrimas en la medida del progreso de nuestra compasión hacia los que sufren y están maltratados (sea por los hombres, sea por el pecado): "Acordaos de los prisioneros como si estuvierais prisioneros vosotros mismos con ellos, y de los maltratados como miembros también de un cuerpos".
Nuestra comunión con Cristo, nuestra comunión con los sufrimientos de los hombres
Nuestra comunión con la pena de los que sufren, de los que están enfermos o mal tratados, y nuestra capacidad de llevar sus fardos no nos vienen de una simple filantropía humana, de una compasión pasajera o del deseo de ser bien vistos o bien considerados; pues una compasión de este tipo estaría destinada a disminuir muy rápidamente y a desaparecer. Es por la oración perseverante, pura, sincera, que recibimos esos sentimientos como un don de Dios; y ese don nos hace capaces no sólo de perseverar en esta comunión con los más débiles, sino también de progresar hasta el punto de ya no poder vivir sin ellos y encontrar reposo sólo compartiendo sus penas y sufrimientos. El secreto de este carisma reside en nuestra comunión con el Cristo, en nuestra participación de su naturaleza, y sus cualidades divinas, de manera que es El, ahora, "quien a la vez opera en nosotros la voluntad y la operación misma. Así, nuestra comunión con los sufrimientos de los hombres y nuestra comunión con el Cristo dependen fundamentalmente una de la otra hasta el más alto grado; de modo que llevar la cruz del Cristo significa participar de la cruz de los hombres, sin restricciones y hasta el fin...
Olvidarse a sí mismo en la oración es convertirse en embajador del Cristo
El olvido de sí comienza por un esfuerzo voluntario. Pero cuando se persevera con sinceridad ante Dios, Dios nos lo otorga como un don gratuito. Entonces, espontáneamente "ya no buscamos más nuestros propios intereses, sino que cada uno se preocupa de los de los demás...
Cuando abandonamos deliberadamente nuestras propias necesidades em la plegaria, y encontramos nuestro gozo únicamente pidiendo, suplicando y dedicándonos a los otros, entonces Dios mismo empieza a ocupar se de nosotros y a encargarse de toda nuestra vida, tanto en el plano material como en el plano espiritual, hasta en los menores detalles. Es decir que cuando nos ocupamos de los demás, Dios se ocupa de nosotros; y cuando limitamos nuestra plegaria y nuestra súplica a las necesidades de los demás, Dios colma nuestras necesidades sin que se lo pidamos.
Así se realiza, por medio de la plegaria, el designio salvífico del Cristo, que dice a sus Apóstoles:" Id y haced discípulas a todas las naciones”.
Dios le basta al hombre que le abrió su corazón, y ese hombre ya no debe pedir nada para si. Aquél que todavía no abrió su corazón a Dios necesita corazones amigos que intercedan por él ante Dios, para que Dios lo escuche por la oración ferviente de sus hermanos...
Los que amaron al Cristo y le son fieles, se convierten en verdaderos embajadores del Cristo en la tierra. Por sus oraciones y su don de sí, reconcilian a Dios con los hombres ya los hombres con Dios... En muchos casos es imposible entrar en relación con los pecadores o los extraviados, sea por su hostilidad, sea por la vergüenza que sienten ante nosotros. Pero por la oración superamos estos obstáculos que nos separan de ellos,... pues por la oración podemos acercarnos secretamente a su corazón, deslizarnos en él sin que lo sepan y gemir, identificándonos con ellos, como si nosotros mismos fuéramos pecadores y extraviados; todo eso, aun antes de que nos conozcan o nos hablen. Si desde el fondo de su corazón oramos y clamamos hacia Dios, soportando el peso de sus faltas y sus extravíos, Dios los escucha a través de nosotros; a pesar de su desobediencia natural, el arrepentimiento asalta su conciencia y el llamado al retorno se hace tan imperativo que rápidamente se dirigen hacia Dios y hacia nosotros, pidiendo nuestra ayuda.
La oración es una fuerza por la cual el hombre, por intermedio del Espíritu Santo, atrae a su hermano; pues es por el Espíritu que el Cristo atrae todo a El y transforma la dualidad en unidad.

Fonte:
En: Prière, Esprit Saint et Unité Chrétienne. Spiritualité Orientale nº 43 - Abbaye de Bellefontaine, 1990.
Revista Fuentes – 1993 - Argentina - “Teólogos Ortodoxos Contemporâneos

 

 

quinta-feira, 5 de maio de 2011

Matta El Meskin es uno de los pilares de la renovación actual en la Iglesia


no Monastério São Macarius (Egito)

El Padre "Matías el Pobre" es uno de los pilares de la renovación actual en la Iglesia copta. Monje desde hace casi cuarenta anos, llevó durante mucho tiempo una vida eremítica en las grutas del desierto de Wadi el Rayyan, al sur de Egipto. En 1969, fue llamado por el entonces Patriarca Cirilo VI para renovar el antiguo monasterio San Macario, en Wadi el Natrum. Gracias a su carisma de Padre espiritual y a un enorme esfuerzo de reconstrucción, el monasterio cuenta hoy con más de ochenta monjes y se ha convertido en un centro irradiante de vida nueva, eje de desarrollo material para el desierto de Sceté, donde se encuentra, y de enseñanza espiritual dirigida no sólo a la nueva generación de monjes coptas sino también a las numerosos visitantes que son recibidos con conmovedora hospitalidad.



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sexta-feira, 8 de abril de 2011

L’uomo vecchio che lotta contro l’uomo nuovo (Matta El Meskin)


 
Dio ha deposto in noi, con la fede e il battesimo, questo nuovo corpo dotato di capacità spirituali nuove e superiori, per neutralizzare l’influenza e l’arroganza dell’uomo vecchio in noi, non  tanto dal punto di vista di ciò che percepiamo o sentiamo, quanto dal punto di vista di Dio, della sua immensa giustizia e della sua grande misericordia.


L’uomo vecchio che lotta contro l’uomo nuovo

(commento a Rm 7,22-8,2)

di Matta El Meskin



Infatti acconsento nel mio intimo [l'uomo nuovo spirituale] alla legge di Dio, ma nelle mie membra [l'uomo vecchio] vedo un’altra legge, che muove guerra alla legge della mia mente [la legge dell'uomo nuovo creato secondo Dio nella giustizia e nella santità della verità] e mi rende schiavo della legge del peccato che è nelle mie membra (Rm 7,22-23)

Ecco la situazione più lacerante che il cristiano affronta! Dopo che ha ottenuto la creazione spirituale dell’uomo nuovo, ecco che la legge della vecchia carne, cioè le passioni, i desideri e le antiche abitudini dell’uomo vecchio, continuano ad agire e a perseguitare l’uomo nuovo al fine di “incatenare” l’essere umano e imporgli il peccato. A questo punto l’Apostolo Paolo si ferma perplesso e sconcertato, ed emette un grido: “Sono uno sventurato! Chi mi libererà da questo corpo votato alla morte?” (Rm 7,24).

Ma lo sguardo di fede dell’Apostolo Paolo si chiarisce; comprende che Dio non l’ha abbandonato alla tirannia della vecchia carne con le sue abitudini e i suoi vizi che vogliono trascinarlo a forza verso il peccato. Egli ci ha dato per mezzo di Gesù Cristo un aiuto, creato in noi dal suo Spirito, a partire dal suo stesso corpo di Risorto, con il quale ha vinto il peccato e abolito la morte e la legge. Tale è l’uomo nuovo creato in noi “secondo Dio, nella giustizia e nella santità della verità”. Egli si comporta secondo la legge dello Spirito e di Cristo. E la giustizia che pratica in vista della santità e della verità non appartiene all’ordine delle virtù, ma della natura nuova, nutrita dalla grazia di Dio. Qui Paolo ha compreso il mirabile equilibrio acquisito dall’uomo, attraverso la sua fede in cristo: di fronte all’uomo vecchio con le abitudini che lo dominano e i vizi che soggiogano le facoltà umane e le trascinano verso il peccato, si erge ormai l’uomo nuovo, creato a partire dalla natura stessa del Risorto, dallo Spirito di Dio, a immagine del suo Creatore nella giustizia e nella santità della verità. Quest’uomo nuovo trionfa nell’opera di Dio in vista della giustizia, della santità e della verità. ِAbolisce così il dominio della vecchia carne con le sue vane suggestioni.

Ecco come l’Apostolo Paolo descrive questa situazione:

Siano rese grazie a Dio per mezzo di Gesù Cristo nostro Signore! Io dunque, con la mente [l'uomo nuovo che governa l'intelligenza spirituale], servo la legge di Dio, con la carne invece la legge del peccato (Rm 7,25).

E qual è il risultato?

Non c’è dunque più nessuna condanna per quelli che sono in Cristo Gesù [tramite la fede e il battesimo] (Rm 8,1).

Perché? L’Apostolo stesso fornisce la risposta:

Poiché la legge dello Spirito che dà vita in Cristo Gesù [quella stessa legge secondo la quale è stato creato in noi l'uomo nuovo spirituale] mi ha liberato dalla legge del peccato e della morte (Rm 8,2).

Notiamo qui che “mi ha liberato” è la contropartita di “mi rende schiavo della legge del peccato” (Rm 7,23). Questa liberazione dalla legge del peccato non si è prodotta grazie alle opere umane, ma per un dono gratuito di Dio che ci ha rivestiti dell’uomo nuovo guidato dalla legge dello Spirito della vita. Nella misura in cui il vecchio corpo con i suoi difetti, le sue abitudini e la sua antica connivenza con il peccato aveva il potere d’”incatenarmi alla legge del peccato”, ecco che la legge dello Spirito di vita nel Cristo Gesù (la grazia), stabilità in me insieme all’uomo nuovo, ha acquistato un potere superiore a quello del vecchio corpo, per liberarmi radicalmente dalla legge del peccato e della morte.

Questo significa che Dio ha deposto in noi, con la fede e il battesimo, questo nuovo corpo dotato di capacità spirituali nuove e superiori, per neutralizzare l’influenza e l’arroganza dell’uomo vecchio in noi, non  tanto dal punto di vista di ciò che percepiamo o sentiamo, quanto dal punto di vista di Dio, della sua immensa giustizia e della sua grande misericordia.


(tratto da Il cristiano: nuova creatura, Qiqajon, 1999, pp.60-62)

http://www.dimensionesperanza.it/aree/ecumene/chiese-cristiane/item/6350-l%E2%80%99uomo-vecchio-che-lotta-contro-l%E2%80%99uomo-nuovo-matta-el-meskin.html

Father Matta El-Meskine : How To Read The Bible

       http://www.lasvegasorthodox.com/images/Matthew%20the%20Poor%20(Matta%20el%20Meskin).jpg

How To Read The Bible

The Bible in Relation to the Reader
The Bible is different from all other books. Other books are written by people; the Bible, however, not only contains the sayings and commandments of God but was also written entirely under His divine inspiration. So we might say that it is God's book that was given to us to lead us into everlasting life.
Although the dialogue, events, history, and stories in the Old and New Testaments center on man, it is in fact God who is veiled in them, for the Bible describes God and reveals Him through events. Yet we were not given a complete picture in one generation, or one book, or even over the whole extended period; it is with great difficulty that the Bible struggles to give us a simplified mental image of God by relating His direct dealings with His people over a period of five thousand years. This is so that no one in any age need be deprived of perceiving something about God that will satisfy a need, so much so that each one experiences such a flood of joy that he believes he has come to know God and completely comprehended Him. But whoever has the intellectual audacity to try to supersede his human limitations by searching within himself to perceive a perfect image of God is doomed to failure and loses the ability to attain even the small things appropriate to his stature.
It is immeasurably difficult for us to comprehend God, whose days have neither beginning nor end, for He is perfect and, while it is true that we may perceive Him, His perfection is unfathomable, and so it is with all His works.
As well as revealing God and introducing Him to us, the Bible tries in many ways to prepare us inwardly to receive Him. Although it may appear outwardly that we make our way toward God, the joyful and wonderful truth is that it is God who comes to us, as a lover and deeply loving father. "If any man loves me, he will keep my word, and my Father will love him and we will come and make our home with him" (Jn. 14:23). This is why the Lord commands us to prepare our hearts for His blessed coming. "My heart is steadfast, O God. My heart is steadfast" (Ps. 57:7).
So we see that the Bible as a whole reveals God mysteriously and prepares us to receive Him in our hearts, that we may live with Him from this moment on as a preparation for what will be at the end of time, when God will be revealed openly and we shall meet Him face to face to live with Him forever.
The Reader in Relation to the Bible
There are two ways of reading:
The first is when a man reads and puts himself and his mind in control of the text, trying to subject its meaning to his own understanding and then comparing it with the understanding of others.
The second is when a man puts the text on a level above himself and tries to bring his mind into submission to its meaning, and even sets the text up as a judge over him, counting it as the highest criterion.
The first way is suitable for any book in the world, whether it be a work of science or of literature. The second is indispensable in reading the Bible. The first way gives man mastery over the world, which is his natural role. The second gives God mastery as the all-wise and all-powerful Creator.
But if man confuses the roles of these two methods, he stands to lose from them both, for if he reads science and literature as he should read the Gospel, he grows small in stature, his academic ability diminishes, and his dignity among the rest of creation dwindles.
And if he reads the Bible as he should read science, he understands and feels God to be small; the divine being appears limited and His awesomeness fades. We acquire a false sense of our own superiority over divine things—the very same forbidden thing that Adam committed in the beginning.
Spiritual understanding and intellectual memorization
Thus in reading the Bible we aim at understanding and not at research, investigation, or study, for the Bible is to be understood, not investigated. It is therefore appropriate here to point to the difference between spiritual understanding and intellectual memorization.
Spiritual understanding centers on the acceptance of a divine truth, which gradually reveals itself, rising on the horizon of the mind till it pervades all. If the mind and its reactions are brought into willing obedience to that truth, the divine truth continues to permeate the mind even more and the mind develops with it endlessly. "To know the love of Christ which surpasses knowledge, that you may be filled with all the fullness of God" (Eph. 3:19). It is clear from this verse that the knowledge and love of God and divine things in general are immeasurably above the level of knowledge, that is human knowledge. It is therefore futile and foolish for us to try to "investigate" the things of God in an attempt to grasp them and make them yield to our intellectual powers.
On the contrary, it is we who must yield to the love of God so that our minds may be open to the divine truth. It is then that we will be prepared to receive surpassing knowledge. That "being rooted and grounded in love, [you] may have power to comprehend with all the saints what is the breadth and length and height and depth" (Eph. 3:17,18).
Intellectual memorization demands that we pass from a state of submission to the truth (through understanding) to a state of mastery over it and possession of it. It requires that the mind progress step by step through investigation until it is on a level with the truth, then little by little rise above it until it can control it, recalling it and repeating it at will as if the truth were a possession and the mind its owner.
Thus, memorization is a matter of determining the truth, summing it up, and defining it as closely as possible, so that the mind may absorb it and store it away. Thus, intellectual memorization is the reverse of spiritual understanding, for spiritual understanding expands with the knowledge of the truth, and the truth, in its turn, opens up into "all the fullness of God" (Eph. 3:19), to infinity. Intellectual memorization therefore weakens divine truth, and strips it of its power and breadth, so it is not a suitable way of approach to the Bible, and brings minimal results.
Spiritual Memorization
There is another way of memorizing the word of God, by which we may recall and review the text, though not whenever and however we wish, but rather whenever and however God wishes. This is spiritual, not intellectual, memorization, and God grants it by His Spirit to those who understand His words, "The Counselor, the Holy Spirit, whom the Father will send in my name, will teach you all things and bring to your remembrance all that I have said to you" (Jn. 14:26).
Just as God gives spiritual understanding to those who ask sincerely and honestly to know Him, at which their minds are opened to understand the text (cf. Lk. 24:45), so also is spiritual memorization a spiritual work that God gives to those who have been granted to be witnesses for Him. When the Holy Spirit recalls certain words to us, He does so in depth and breadth, not simply reminding us of the text of a verse, but giving with it irresistible wisdom and spiritual power to bring out the glory of the verse and the power of God in it. A spirit of censure is also sent with the words to prick the heart.
Thus there is a striking difference between intellectual memorization by rote and recollection through the Holy Spirit.
Nevertheless, we must be prepared for this spiritual recollection by keeping our hearts conscious of the word of God through pondering upon it frequently and storing it up in our hearts out of love and delight. "Thy words were found, and I ate them" (Jr. 15:16) and they were "sweeter than honey to my mouth" (Ps. 119:103). We can constantly recite to ourselves: "on His law he meditates day and night" (Ps. 1:2), and every time we come across a profitable word we can impress it on our hearts: "I have laid up thy words in my heart, that I may not sin against Thee" (Ps. 119:11), just as God warns us to talk of them "when you sit in your house, and when you walk by the way, and when you lie down, and when you rise. And you shall bind them as a sign upon your hand, and they shall be as frontlets between your eyes" (Dt. 6:7,8).
Now there is a great difference between a man who recites and meditates on the word of God because it is sweet and beneficial to his soul and rejoices his heart and comforts his spirit, and one who meditates on it in order to repeat it to other people so that he can stand out as a teacher and skillful servant of the Gospel. For the first, the word remains, for it builds an awareness of heart or a relationship with God; for the second it simply passes into the intellectual memory where he can use it to build relationships with people!
So if a man tries to read the Bible and memorize verses to use them to teach people and give a spoken witness, before submitting himself to the divine truth and acting according to it and opening his mind to receive spiritual understanding, he only gains knowledge and does not give a fruitful witness, no matter how many verses or orderly proofs he may present with great intellectual skill, for the Spirit will have left him. The worst use we can make of the Bible is to use it simply as a source of proof verses.
Spiritual understanding of the sayings, commandments, and teachings of God is our entrance into the mystery of the Gospel: "To you it has been given to know the secrets of the Kingdom of God" (Lk. 8:10). And the sign of spiritual understanding is our sense that there is within us an inexhaustible spring of spiritual insights into the word of God, and that each truth is related to all the rest. In our hearts we are able to relate every verse we read to another verse and every insight broadens into harmony with another, so that the Gospel easily becomes a unified whole.
This position is not attained only by those who have spent long years reading the Bible. It may be that someone who has only a few months' experience with it may be given this sense, so that using the few verses he is familiar with he is able to speak zealously of God with a sincerity and power that attract the hearts of others to God. For such a man it is enough to read a verse once for it to be indelibly imprinted on his heart forever, for the word of God is spiritual; it is even in some sense a spirit, as the Lord says: "The words that I have spoken to you are spirit and life" (Jn. 6:63).
From: The Communion Of Love by Matthew the Poor, St. Vladimir's Seminary Press, Crestwood, NY 1984
In the ancient monastery of Deir el Makarios in the desert 50 miles south of Cairo, a Coptic monk has drawn as many as 500 visitors a day. His name: Matta el Meskin, Matthew the Poor. Like the great anchorite St. Anthony, Matta el Meskin was once an affluent young man - a prosperous pharmacist. At age 29, heeding Jesus' call to 'sell what you have', he disposed of his two houses, two cars two pharmacies, gave to the poor, and keeping only a cloak, devoted himself to prayer and asceticism. From his cell, where he lives mainly on water and bread, he has written more than 40 books and pamphlets, and began a reformation of the Coptic monastic life that was so profound that he was one of three nominees to be Coptic pope in the 1971 election.

http://www.lasvegasorthodox.com/library/Orthodox_Spirituality/HOW_TO_READ_THE_BIBLE.html
   

MATTA EL MESKIN CONSIGLI PER LA PREGHIERA .MATTA EL MESKIN GLI OSTACOLI ALLA PREGHIERA LA TIEPIDEZZA SPIRITUALE. La preghiera continua e la preghiera di Gesù (di Matta El Meskin)

http://www.stmacariusmonastery.org/graphics/090.jpg

MATTA EL MESKIN
CONSIGLI PER LA PREGHIERA



Indice
CAP II: LA PREGHIERA, LEGGE SPIRITUALE
http://www.esicasmo.it/ESICASM/Matta/consigli2.htm
MATTA EL MESKIN
GLI OSTACOLI ALLA PREGHIERA
LA TIEPIDEZZA SPIRITUALE
 

Indice:
B. LA TIEPIDEZZA SPIRITUALE
I motivi della tiepidezza spirituale

http://digilander.libero.it/benparker/ESICASM/Matta/tiepidezza.htm


La preghiera continua e la preghiera di Gesù (di Matta El Meskin)

monacoinpreghieraLa vita nel suo senso più profondo, si riassume in due atti costanti di un’estrema semplicità: il primo è l’amore la cui sorgente è Dio, il secondo è l’adorazione, che è il proprium della creazione: “Dio è amore” (1Gv 4,16); “Io non sono che pre­ghiera” (Sal 109,4). Questi due atti sono ininterrottamente co­stanti; così, Dio non cessa di amare la creazione e la creazione non cessa d’adorare Dio: “Vi dico, che se questi taceranno, gri­deranno le pietre” (Lc 19,40).
Tutti gli atti e le molteplici occupazioni della vita passeranno e scompariranno dopo averci valso condanna o ricompensa e re­steranno soltanto questi due straordinari atti: l’amore di Dio per noi e la nostra adorazione di Dio. Non passeranno mai e rimar­ranno eternamente, perché Dio è felice d’amarci: “Ho posto le mie delizie tra i figli dell’uomo” (Pr 8,31) e noi troviamo tutta la nostra felicità nell’adorazione di Dio.
Quest’adorazione è un’intuizione divina depositata da Dio al cuore della natura dell’uomo, affinché egli abbia la gioia d’adorare la sorgente della vera felicità. L’abbiamo toccato con mano, sperimentato e verificato tante e tante volte; abbiamo acquisito la certezza che la preghiera e l’adorazione sono fonti di felicità permanente.
C’è dunque un mezzo per condurre una vita d’ado­razione e di preghiera ininterrotta, per mettere Dio al centro del nostro pensiero, per fare in modo che tutti i nostri atti e i nostri comportamenti gravitino intorno a lui, per vivere alla sua pre­senza dalla mattina alla sera e dalla sera alla mattina?
In realtà, quest’opera non è una cosa da poco; esige da parte nostra grande determinazione, perseveranza e molta attenzione. Non dimentichiamo però che, così facendo, realizziamo il verti­ce della volontà e del piano divini e che, di conseguenza, vi tro­veremo immancabilmente l’aiuto, l’amore e la guida di Dio.
Riassumiamo come segue la sostanza di quest’esercizio.
1. Gli obbiettivi della preghiera continua:
- Vivere sempre alla presenza di Dio.
- Associare Dio a tutte le nostre attività, a tutti i nostri pen­sieri e conoscere la sua volontà.
- Accedere a una vita di gioia, avvicinandoci alla fonte stessa della felicità: Dio, e gioire del suo amore.
- Acquisire un’alta conoscenza di Dio nel suo stesso essere.
- Praticare un felice distacco dalle cose di questo mondo, sen­za rimpiangere nulla.
2. Qualche indicazione sulla preghiera continua:
- Ravvivare il sentimento di essere alla presenza di Dio che vede tutto ciò che facciamo e sente tutto ciò che diciamo.
- Tentare di parlargli di tanto in tanto, con brevi frasi che tra­ducano il nostro stato del momento.
- Associare Dio ai nostri lavori domandandogli di essere pre­sente alle nostre attività, rendendone a lui conto dopo averle con­cluse, ringraziandolo in caso di riuscita, dicendogli il nostro rammarico in caso di fallimento, cercandone le ragioni: ci siamo forse allontanati da lui o abbiamo omesso di chiedere il suo aiuto?
- Cercare di percepire la voce di Dio attraverso i nostri lavori. Molto spesso egli ci parla interiormente ma non essendo attenti a lui, perdiamo l’essenziale dei suoi orientamenti.
- Nei momenti critici, quando riceviamo notizie allarmanti o quando siamo assillati, chiediamogli subito consiglio; nella pro­va egli è l’amico più sicuro.
- Non appena il cuore comincia a irritarsi e i sentimenti ad agitarsi, volgiamoci a lui per calmare la nefasta agitazione prima che invada il nostro cuore; invidia, collera, giudizio, vendetta, tutto ciò ci farà perdere la grazia di vivere alla sua presenza, per­ché Dio non può coabitare con il male.
- Tentare per quanto possibile di non dimenticarlo, tornando subito a lui, non appena i nostri pensieri sono colti in flagrante reato di vagabondaggio.
- Non intraprendere un lavoro o dare una risposta prima di aver ricevuto una sollecitazione da Dio. Questa diventa sempre meglio discernibile a misura della fedeltà del nostro cammino alla sua presenza e della nostra determinazione a vivere con lui.
3. Principi base per una vita di preghiera continua:
- Credi in Dio? Allora che Dio sia la base di tutti i tuoi comportamenti; con lui accogli tutto ciò che incontri nella vi­ta, felicità o tristezza. Che la tua fede non cambi ogni giorno a seconda delle circostanze. Non lasciare che sia il successo ad aumentare la tua fede, né il fallimento, la perdita e la malattia a indebolirla o ad annientarla.
- Hai accettato di vivere con Dio? Allora, una volta per tutte, metti in lui tutta la tua fiducia e non cercare di indietreggiare o di battere in ritirata. Sii fedele a lui fino alla morte.
- Affidagli tutti i tuoi affari materiali e spirituali; egli è vera­mente in grado di reggerli tutti. Sappi che la vita con Dio sopporta tutto: malattia, fame, umiliazione… e non essere sorpreso se ti accadono queste cose; sii paziente e le vedrai trasformarsi e schierarsi dalla tua parte per il tuo maggior bene.
- Concentra il tuo amore su Dio e non permettere agli ostaco­li di ridurlo; al contrario, accogli ogni sofferenza senza amarezza ma con dolcezza, a motivo di questo amore, perché il vero amore trasforma la sofferenza in felicità.
- Beati coloro che sono stati ritenuti degni di soffrire per il suo Nome. Ancora più beati coloro che desiderano sacrificarsi per amore del suo Nome.
Breve storia della preghiera continua
La preghiera continua è una disciplina spirituale particolare che impegna le facoltà interiori dell’anima e tocca centri precisi del cervello con lo scopo d’acquisire la calma interiore neces­saria a pervenire a uno stato di veglia spirituale costante e di percezione permanente della presenza divina, accompagnata da un completo dominio dei pensieri e delle passioni. Costituisce l’opera spirituale più importante e più elevata che, condotta con successo, può farci raggiungere le vette della vita spirituale.
Questa forma di preghiera è già menzionata negli insegna­menti dei primi padri del deserto d’Egitto: Macario il Grande parla della recitazione costante del “dolce Nome di Gesù” e abba Isacco, discepolo di Antonio, fa un lungo elogio della ripetizione continua del versetto di un salmo. Entrambi hanno vissuto verso la fine del IV secolo e gli insegnamenti del secondo sono stati raccolti da Cassiano durante i suoi viaggi in Egitto.
Attraverso le parole di abba Isacco apprendiamo che questo metodo di preghiera, costitutivo di una delle tradizioni asce­tiche più importanti tra quelle che i padri avevano ricevuto dai loro predecessori, “è un segreto che ci è stato rivelato da quei pochi padri appartenenti al buon tempo antico, ma che vivono tutt’ora; noi lo riveliamo a nostra volta a quel piccolo numero di anime che dimostrano una vera sete di conoscerlo”.
Quanto agli effetti di questa pratica sulle facoltà dell’anima e della mente, essi erano noti ai padri fin dall’inizio,come si deduce dalle parole di Isacco: “[Questa preghiera] esprime tutti i sentimenti di cui è capace la natura umana; conviene perfetta­mente a tutti gli stati e a ogni sorta di tentazione… Che l’anima (mens) ritenga incessantemente questa formula, cosicché, a for­za di ripeterla, acquisti la capacità di rifiutare e allontanare da sé tutte le ricchezze rappresentate dai nostri molteplici pensieri”.
Fin da allora, cioè dal IV secolo, la preghiera continua si è dif­fusa in Egitto e in tutto l’oriente cristiano fino a occupare un posto preponderante nella dottrina ascetica di tutte le chiese orientali. La ritroviamo, tra gli altri, negli insegnamenti di Nilo il Sinaita (+ 430), poi in quelli di Giovanni Climaco all’inizio del VII secolo (570-640), e di Esichio di Batos (Sinai, VII o VIII secolo). L’importanza accordata all’hesychìa (tranquillità) si am­plifica progressivamente fino a raggiungere uno dei suoi vertici negli insegnamenti di Isacco ll Siro, vescovo di Ninive, verso la fine del VII secolo.
Gli elementi frammentari di questi insegnamenti furono rac­colti in una dottrina sistematica solo con l’arrivo di Simeone il Nuovo Teologo (1022) e poi di Gregorio il Sinaita, che li orga­nizzarono in una dottrina mistica di tipo specificamente bizan­tino. Gregorio il Sinaita, seguito dal discepolo Callisto che di­verrà patriarca di Costantinopoli, la introdusse al Monte Athos alla fine del XIII secolo e fece della preghiera continua una prati­ca mistica fondamentale nella tradizione bizantina, dopo aver raccolto la quasi totalità delle parole dei padri riferite a questo argomento, ordinandole, spiegandole e commentandole.
Con il soggiorno di Nil Sorskij al Monte Athos, nella seconda metà del XV secolo, si aprì una porta molto ampia per l’impian­tazione in Russia della preghiera continua. Tutta l’eredità orien­tale antica, con le sue ricchezze, si trovò trasferita ai padri russi che rivaleggeranno in ardore per applicarla con amore, fedeltà e devozione. Ormai, questa pratica occuperà un posto molto im­portante nella vita delle generazioni successive, come ci si può rendere conto leggendo i Racconti di un pellegrino russo.
Ma, lasciando il deserto d’Egitto, suo luogo d’origine, la pre­ghiera continua perse buona parte della sua semplicità originaria; chi la praticava nei primi secoli, viveva spontaneamente in profondità i suoi effetti spirituali senza esaminarne il come; ne raccoglieva i frutti senza che ciò suscitasse in lui ambizioni spirituali.
Questa forma di preghiera è dunque passata da un’umile pra­tica ascetica a una sistematizzazione mistica elaborata, provvista di discipline proprie, proprie condizioni, gradi e risultati. L’o­rante può prendere coscienza di tutto ciò ancor prima di cominciare a praticarla. Il che, naturalmente, non ha mancato di attri­buire al metodo una buona parte di complessità, accresciuta da una dannosa mancanza di naturalezza. Nondimeno, la preghiera continua ha sempre i suoi adepti e i suoi praticanti esperti e, su coloro che l’amano, non cessa di versare in abbondanza i suoi effetti benefici, le sue grazie e le sue benedizioni. L’autore stes­so confessa i benefici di questa preghiera per quanto lo riguarda personalmente.
Matta El Meskin
tratto da Matta El Meskin, L’esperienza di Dio nella preghiera, Qiqajon, pp. 257-262
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MATTA EL MESKIN  : IL CONTROLLO DEL PENSIERO 

MATTA EL MESKIN : L'ADORAZIONE PURA DEGLI ESSERI SPIRITUALI. 


Matta el Meskin 
Rinnegare se stessi

Rinnegare se stessi (Matta el Meskin)


 

IL MARTIRIO, DONO DELLO SPIRITO - Comunità dei figli di Dio