Carta XVI
Me asombro de que tú te entristezcas por la incapacidad de progresar en la oración interior, porque todos los esfuerzos por la custodia de la mente de los pensamientos, todos los ejercicios por purificar el corazón de la sensualidad y dirigirlo al amor de Dios no han surgido ningún efecto. Compadezco la situación, pero al mismo tiempo deseo revelarte la causa. ¿Qué es lo primero que debe hacer quien quiere aprender a leer? ¿No debe quizás aprender mecánicamente el alfabeto, gracias al cual llegará a aprender las sílabas y las frases enteras? Pero tú, abandonando el ejercicio de la repetición del nombre de Dios, te has puesto directamente a ejercitar la mente en los grados más altos de la actividad espiritual, sin ninguna preparación preliminar, sin el primer gemido del infante a Dios Padre, a fin de que te enseñe él mismo a orar (Mateo) [1]. Y es por esto que, por más que tú te hayas cansado de pronunciar el nombre de Dios en Espíritu y en verdad [2], no lo has alcanzado con tu esfuerzo inoportuno, y después de haber enfriado tu celo inicial has conseguido no sólo no pronunciar el divino nombre de Jesucristo en Espíritu y en verdad, sino de no pronunciarlo más ni siquiera con la boca.
Tú objetas contra la sola invocación oral del nombre de Dios el hecho de que Jesucristo ha dicho: “No cualquiera que diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7, 21), y afirmas que la sola oración oral sin la participación de la mente y del corazón es un hablar en vano. Estoy de acuerdo que en la oración Dios nos pida el corazón: “Hijo, dame tu corazón” (Proverbios 23, 26). Pero desde el momento en que nosotros con nuestras solas fuerzas no somos capaces no sólo de sumergir el corazón en el amor divino, sino que ni siquiera de hacer nacer en nosotros un pensamiento bueno, y que solo Dios nos da otro corazón y nos dará un espíritu nuevo [3], como dice la Escritura. ¿Qué otra cosa nos queda por hacer si no el pedirlo como sepamos y como podamos, balbuceando como niños el nombre de Jesucristo? San Macario el Grande lo expresó espléndidamente: “Orar de cualquier modo está en nuestro poder, pero la oración pura es un don de la gracia” [4]. Y por esto, lo que depende de nuestra voluntad, de nuestra posibilidad, nosotros estamos obligados indefectiblemente a ofrecerlo en sacrificio a Dios, a fin que el don de la gracia se derrame sobre este sacrificio impotente y frío y lo haga arder con el fuego de su amor. Es justamente así como sucede, en efecto la palabra de Dios nos dice: “¿El Señor no escuchará por tanto a aquellos que gritan a él día y noche? (Lucas) [5] Es decir, gracias a la oración frecuente el Señor dará el don de la oración pura [6]. Por esto se puede ver que también la sola oración oral, pero incesante, puede conseguir el fruto más benéfico: elevarnos a la oración espiritual.
No solo quien dice “Señor, Señor” entrará en el Reino, sino aquel que haga la voluntad de Jesucristo y ponga en práctica sus enseñanzas, como dijo él mismo en el pasaje paralelo: “¿Por qué me llamad (jactándoos) “Señor, Señor” y no hacen lo que les digo? (Lucas 6, 46), repito tu objeción. Pero, ¿en qué consiste la voluntad de Dios, la voluntad de Jesucristo? ¿Cuál es su conclusión fundamental? No es quizás esta: “ya que sin mí no podéis hacer nada, permaneced en mí y yo en vosotros” [7], y por esto orad incesantemente, ya que quienquiera que invoque el nombre del Señor se salvará [8]. La oración incesante constituye el mandamiento fundamental por el hecho de que los otros mandamientos tienen su tiempo, en cambio nos está mandado orar constantemente y unir la oración a toda virtud. Por consecuencia, hace la voluntad de Dios aquel que ora incesantemente, que en todo tiempo pide misericordia invocando el nombre de Jesucristo. Pero puesto que la oración pura del corazón y del espíritu no es el resultado de nuestro esfuerzo, mientras la invocación exterior con los labios del nombre de Dios depende de nosotros, hará por tanto la voluntad de Dios quien pronuncia incesantemente el nombre de Jesucristo.
Imagina si un hombre, persuadido de la necesidad y del beneficio de la frecuente invocación del nombre de Dios, decidiese invocar incesantemente a Jesucristo en todas las ocupaciones y en toda situación y tiempo: ¿en qué otra cosa pensaría sino en Jesucristo? Su lengua estaría completamente separada de las palabras vanas y los labios protegidos de la mentira y del juicio, el oído se acostumbraría a la repetición del Nombre, y los ojos se dirigirían hacia lo alto. Estas invocaciones le mostrarían indefectiblemente el camino para alejarse completamente de las conversaciones que distraen, y llevarlo a la continua y pura custodia de sí mismo en la soledad y en la búsqueda del reposo en Dios, como dice San Gregorio el Sinaíta [9]. Al mismo tiempo lo elevaría de las múltiples actividades a la contemplación, de la oración oral y exterior a la oración interior, incesante, a la puesta en práctica del principal mandamiento de Dios: “Orad sin cesar” (Tesalonicenses 5) [10]; “Velad orando en todo tiempo con el espíritu” (Ef 6,18) [11]. Tal hombre, que a través de la práctica ha ascendido a la contemplación, desde aquel momento viviría por decirlo así de la oración, la respiraría, todas sus ocupaciones se desarrollarían a través de la oración y estarían acompañadas por la oración sin intermisión. Y no te parezca esto imposible o irrealizable, como argumentan algunos por el hecho de que como orar es mantener la mente y el pensamiento absorto en Dios [12], se podrían por consecuencia perseverar en tal estado únicamente en el reposo o en la absoluta inactividad, o bien sólo si se está substraído de las ocupaciones y ejercicios exteriores. Y dado que la mente y el pensamiento deben forzadamente ocuparse también de otras cosas, agradables a Dios, que exigen incluso reflexión y una concentración completa, sería por esto imposible conservar ininterrumpidamente el espíritu de oración y al mismo tiempo ocupar una única mente en dos ocupaciones.
Una solución nos viene del ejemplo de quien está en la presencia de un rey terreno: cualquier actividad, por más abstraída, que lo tenga ocupado, no podría distraerlo ni siquiera un instante de la percepción interior de la presencia del rey junto a él [13].
No sólo esto. Si incluso un inoportuno exceso de celo, por encima de tus fuerzas interiores, te mostrara la necesidad de una preparación preliminar de la mente y del corazón para acceder dignamente a la práctica de la oración, secundando tal celo, como ha sucedido, tú no harías más que emplear un montón de tiempo en la preparación, dejando del todo inactiva la obra misma de la oración. Pero justamente por esto debes persuadirte firmemente que no hay nada que prepare fácilmente a una digna oración cuanto la oración del nombre de Jesucristo. Sólo esfuérzate en recitarla cuanto más a menudo y cuanto más tiempo te sea posible. Ya que este divino Nombre contiene en sí un poder santificante de gracia, para quienquiera que lo pronuncie. Si la cantidad eleva a la cualidad, la frecuencia de la oración conduce a la oración pura…
¡Que el Señor te ayude a recordarlo siempre!
1841. Agosto. Monasterio Zaikonospasskij [14]
Carta XVII
Si no sientes inclinación a la oración incesante y deseas despertar en ti este celo salvífico, medita cuidadosamente cuánto es bienaventurado y feliz aquel que ha adquirido la capacidad de gustar y deleitarse del ejercicio de la oración, cuyo corazón se inflama de alegría en la invocación del nombre de Jesucristo. Y verás en verdad que es bienaventurado quien de la ascesis de la oración hace su propio dulce alimento. Quien a través de la oración es atraído a la unión interior con el Señor, como el hierro al imán, ¡y triunfa espiritualmente en este mismo camino! Bienaventurado, finalmente, quien en la hora de la lucha con los enemigos de su salvación puede contraponer placer a placer, consolaciones a consolaciones: el placer de la oración al placer del mundo; las consolaciones de la quietud y de la soledad a las consolaciones de las fiestas mundanas y de la disipación. Éste será insensible a cualquier aflicción de la vida y en toda hora experimentará una jovial alegría, como afirma Hesiquio [15].
Quizás dirás que todo esto delinea precisamente los rasgos de un cristiano perfecto, de un celoso asceta colmado de gracia: aquel que después de un largo trabajo y una dolorosa violencia hacia sí mismo ha alcanzado semejante estado y gustado los frutos de la propia ascesis. Pero no al principiante y a quien está en la mitad de lo que le queda aún por recorrer de este largo camino, plagado de luchas sin cesar, de sufrimientos y de paciencia. Y es justamente esto que, asustándonos en el principio mismo [del camino], es a menudo la causa de nuestra sequedad y timidez a lo largo del camino espiritual.
¡Esto es así! Aquel que es perfecto, está inflamado de celo y de exquisita consolación, pero también el principiante y el proficiente no están privados de ellas, si bien en menor medida. Considerando su estado, para cada uno de ellos se puede encontrar un alimento espiritual específico. Por ejemplo, el principiante es consolado en la propia ascesis interior por el hecho: 1) de poner en paz su propia conciencia; 2) de tender como fin al fruto de la propia fatiga: desbordar de consolación, exultancia e incomparable dulzura; 3) esperar obtenerlo, confiando en la bondad divina; 4) sentir cómo día a día la fatiga ascética se hace menos áspera y que nos habituamos gradualmente a ella; 5) tener la esperanza de evitar la gehena y heredar el reino de la gracia; 6) contemplar con el propio espíritu las cosas de lo alto, nuevas revelaciones y nuevos misterios; 7) y, conociendo la propia debilidad, comenzar a alcanzar la humildad, que confiere una imperturbable tranquilidad. Y para los principiantes es una consolación también el hecho que, cuando lee los libros de los santos padres, encuentra a san Macario el Grande que afirma: “Sucede que apenas alguno está por ponerse de rodillas, inmediatamente el corazón se le llena de la acción de Dios y su alma se estremece de alegría en el Señor” (Discurso 6, c. 8) [16]. Con estas palabras él puede consolarse en la espera de que quizás en ese mismo instante, o en el siguiente, consagrado a la oración, actúe la gracia divina y le revele el gusto de la dulzura espiritual. Después de todo esto, podemos comparar al novicio a un hombre de armas que, convocado a un lugar retirado para recibir una condecoración del emperador, se apresura a ir y, exultando por la felicidad que le espera, es como si no sintiese lo largo y cansador del viaje.
Aquel que está en medio del camino, es decir el proficiente, pregusta el fruto de sus ejercicios ascéticos: 1) en el recuerdo de aquellas dulces horas en las cuales le ha sucedido, extasiándose, de elevarse más allá de todos los placeres sensibles; 2) las felices experiencias que guarda en su memoria lo ayudan y le consuelan en este nivel; 3) es así que despertado, reaviva la propia fe, refuerza la esperanza y se inflama en el espíritu para progresar en el camino.
¿Qué decir de las consolaciones más altas, las propias de los perfectos? Estas sobrepasan indeciblemente toda comparación. No sólo es imposible alcanzar la dulzura sin la gracia, sino incluso la mente de los santos, que la rozaron y se alimentaban de ella suavemente, afirman que cualquier bien material es ínfimo comparado con la satisfacción espiritual. Y sin embargo para no privar de conocimiento a los que lo desean, los santos padres la representan con algunas semejanzas. La vida interior de la oración, dicen, causa una imperturbable paz en el espíritu, en la conciencia y en la mente, en cuanto “alguien permanece siempre en el propio corazón se aleja definitivamente de las bellezas de la vida” que turban la psiquis, como dice san Nicéforo [17]. Entonces la concupiscencia se extingue, cada pulsión sensual permanece impotente y las atracciones terrenas pierden su fascinación (Teolepto, c. 1) [18], en su lugar las sustituyen las superiores bellezas celestiales y el corazón se sumerge en un incesante e inenarrable júbilo sobrenatural, atraído por el amor de Dios. Siente un dulce movimiento y como una ebullición que invade todos sus órganos. En la mente advierte una extraordinaria ligereza y un fácil acceso a Dios. En el repudio de todos los pensamientos del mundo presente, encuentra el dulcísimo vínculo que lo une a Cristo, que a veces está como si dejase sentir sensiblemente su propia presencia en el corazón, el cual está colmado de una indecible dulzura. Y esta sensación, como un río en el cual fluye dulzura, penetra todos los miembros. En el alma se vislumbra una luz más pura que la luz sensible. Un resplandor que supera al del sol. Una dulzura más intensa que todas las delicias sensibles. El alma se consume dulcemente en el fuego del amor divino y no se aflige en las desgracias y en las pruebas.
Ninguna ofensa la encoleriza. Y las alegrías mundanas no le impresionan en absoluto. El alma en el ejercicio interior de la oración se alimenta admirablemente de la sabiduría espiritual, ya que –como dice Pedro Damasceno- ella adquiere profundo conocimiento de sí misma y de las obras divinas. Ella penetra el significado de la vida de Jesucristo y de sus discípulos, comprende las obras y las palabras de él. Conoce la naturaleza y los cambios de las cosas, las creaturas sensibles y las inteligibles de Dios, y alcanza el supremo conocimiento de Dios, llamado teología [19]. ¡Estos son los dones que causa la perfecta oración interior!
San Macario el Grande tiene palabras estupendas para describir la consolación de la vida interior de los hombres de oración que han llegado a la perfección. Las consolaciones espirituales, dice, se pueden en parte convenientemente comparar a las consolaciones sensibles: de este modo, continúa san Macario, sucede que cuantos se ejercitan en la vida interior “a veces parece como que están en un suntuoso banque real, en donde se deleitan y se alegran con un indecible gozo. A veces, como la esposa con el esposo, gozan espiritualmente el uno del otro. A veces, como ángeles incorpóreos, prueban una velocidad y ligereza en el cuerpo, que a ellos les parece no estar revestidos de la carne. A veces, como ebrios del vino de los indecibles misterios del Espíritu Santo, exultan triunfantes de alegría. Ardiendo del divino amor del Espíritu por todos los hombres, derraman dulces lágrimas sobre todo el Adán caído. A veces arden de tal amor, vertido con indecible dulzura espiritual que si les fuese posible acogerían en el propio regazo a cada hombre, sin distinguir entre buenos y malos. A veces, aún, se abajan hasta tal punto que no ven a nadie peor que sí mismo, sino que se consideran inferiores a todos los últimos. A veces están colmados de inenarrable alegría del Espíritu. A veces, revestidos de la armadura real y, como uno entre los fuertes líderes, parten a la guerra, venciendo en el camino a las fuerzas enemigas. Otras veces una gran calma y efusión del espíritu, paz y admirable dulzura les rodean, alegrándolos. A veces en cambio la inteligencia y la sabiduría divina y el sello del espíritu los llena, y la gracia de Cristo les instruye en estos y otros profundos misterios, que ninguna lengua podría describirlos (Discurso 6, c. 6)”[20]. ¡He aquí los maravillosos efectos de la oración interior! Justamente uno de los sabios afirma que las delicias del paraíso se pregustan sobre la tierra [21]; que el cristiano puede cruzar los umbrales del cielo, sin aún dejar el mundo terreno… Aquel que experimenta estas cosas encuentra para sí la inocente condición de la gracia, perdida por Adán, y esta incluye al mundo con la naturaleza entera. Basta una sola palabra para que los espíritus malvados tiemblen; las bestias salvajes, olvidando su natural fiereza, permanecen a su alrededor como corderos; las serpientes venenosas se dejarían morir antes que tocarlo y morderlo. Los mismos pájaros sobrevuelan plácidamente los lugares en los cuales habita la quietud y la paz divina, y a veces se toman el cuidado de alimentar a estos hombres de Dios.
La Santa Escritura nos ofrece una idea sublime de las delicias de la vida contemplativa, cuando habla de la paz de Dios (Fil 4,7), de la alegría indecible y gloriosa (1 Pedro 1,8), del mana escondido (Ap 2,17), del sello de la redención (2 Cor 1,22), etcétera.
La meticulosa consideración de todo cuanto se ha dicho hasta ahora llena al espíritu de celo y dispone al corazón a buscar adquirir el fin de la oración.
¡Toma conciencia y dedícate a ejercitar con más ardiente celo la oración interior!
28 de marzo de 1932. En el monasterio de Simonov [22].
Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 62-71.
[1] La referencia no es precisa; paráfrasis de Lc 11, 1.
[2] Juan 4, 23.24
[3] Paráfrasis de Ez 11, 19; 18, 31; 36, 26.
[4] Pseudo Macario, Omelie 26, en Prepodobnogo otca nasego Makaija Egipteskogo duchovnye besedy, poslanija i slova, Svjato-Troickaja Sergieva Lavra 1904, pp. 203 y passim; Id., Spirito e fuoco. Omelie spirituali(Collezione II) a cargo de L. Cremaschi, Qiqajon, Bose 1993, pp. 273-287 (en particular p. 283); cf. Infra, p. 103, n. 172.
[5] Lc 18,7
[6] Juego de palabras en el original entre oración castaja(“frecuente”) y cistaja (“pura”): cf. El mismo argumento y las mismas expresiones en Racconti di un pellegrino ruso, p. 230 [N.d.T.].
[7] Cita modificada de Juan 15,5.
[8] Gal 3,5; Hechos 2,21
[9] Cf. Gregorio el Sinaita, Capitoli molto utili con acrostico III y passim, en DobrotoljubieV, p. 204; La filocalia III, p. 557; Mistici Bizantini, p. 462.
[10] I Ts 5,17.
[11] Unión de las citas de Mc 13,33 y de Ef 6,18.
[12] La definición se remonta al Tratado sobre la oración de Evagrio, que la tradición ha puesto bajo el nombre de Nilo el Sinaíta: cf. Evagrio Póntico, La preghiera, a cargo de V. Messana, Cittá Nuova, Roma 1994.
[13] Se trata de una de las imágenes más utilizadas en la didáctica ascética, con la cual los santos padres expresan el estado psíquico del cristiano que está ante Dios.
[14] El monasterio estauropegio Zaikonospasskij es uno de los más antiguos de Moscú. La iglesia principal fue construida por orden del zar Aleskej Michailovic en 1661.
[15] Cf. Hesiquio de Batos. A Teodulo, discurso útil al alma y salvífico sobre la sobriedad y sobre la virtud en 176 capítulos: “Mantengámonos por tanto obligados a orar y a la humildad, estas dos cosas que juntan con la sobriedad combaten contra los demonios como una espada de llama. Es posible en efecto a nosotros, si vivimos así, cada día y a cada hora, celebrar una fiesta de alegría mística en el corazón” (Dobrotoljubie II, p. 196; La filocalia I, p. 265).
[16] Prepodobnogo otca nasego Makarija Egipteskogo duchovnye besedy, pp. 423-424; cf. Pseudo – Macario, Discorsi 4,6, en Macario-Simeone, Discorsi e dialoghi spirituali I, a cargo de Moscatelli, Edizioni Scritti Monastici, Bresseo di Teolo 1988, pp. 92-93; Id., Omilie 8, en Id., Spirito e fuoco, p. 135.
[17] Cf. Niceforo l’Athonita, Tratado máximo de utilidad sobre la custodia del corazón: “El reino de los cielos en efecto está dentro de nosotros, y quien allí lo contempla y lo encuentra con la oración pura, desprecia y odia todas las vanidades exteriores” (Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija I, p. 331; La filocalia III, p. 526; Mistici bizantini, p. 428).
[18] Cf. Teolepto di Filadelfia, Exposición parcial como promemoria de los consejos dados en diversas ocasiones por el humilde Teolepto de Filadelfia a la venerabilísima princesa monja Eulogia y a su compañera y subordinada monja Agatonike 8, en Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija I, p. 245; Dobrotoljubie V, p. 176; La filocalia III, pp. 509-510; Mistici bizantini, p. 534.
[19] Cf. Pedro Damasceno, Sobre ocho contemplaciones inteligibles, en Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija II, pp. 57-58; La filocalia III, p. 90; Mistici bizantini, p. 237. Véase también la traducción rusa (no conocida por Arsenio, ya que fue publicada por primera vez en 1874: Tvorenija prepodobnogo i bogonosnogo otca nasego svjascennomucenika Petra Damaskina v russkom perevode, Moskva 1993, pp. 59-60.
[20] Prepodobnogo otca nasego Makarija Egipteskogo duchovnye besedy, pp. 421-422; cf. Pseudo –Macario, Discorsi 13,2, en Macario-Simeone, Discorsi e dialoghi spirituali II, a cargo de F. Moscatelli, Edizioni Scritti Monastici, Bresseo di Teolo 2003, p. 39.
[21] Cf. Gregorio el Sinaíta, Capítulos muy útiles con acróstico 38 y 56: “Como las semillas de los tormentos futuros están escondidamente presentes en el alma de los pecadores, así las semillas de los bienes futuros están presentes en los corazones de los justos, y ellas actúan y son saboreadas espiritualmente. En efecto, el reino de los cielos es la vida virtuosa, así como los tormentos del infierno son los hábitos pasionales”; “En el tiempo futuro cada uno tendrá aquel grado de divinización según cuando son ahora perfecto en el crecimiento espiritual” (Dobrotoljubie V, pp. 187, 189; cf. La filocalia III, pp. 538, 541; Mistici bizantini, pp. 443, 446).
[22] El monasterio Simonov de Moscú fue fundado en 1370 por el sobrino y discípulo de san Sergio de Radonez, Teodoro.
Carta XX
LA CONCIENCIA: ¿Por qué ahora que sientes la atracción no te pones a rezar y no entras a tu corazón?
LA RAZÓN: Espero un poco, me tranquilizo. Es necesario prepararse para la oración.
LA CONCIENCIA: Uno no debe nunca demorarse un solo instante cuando se advierte la llamada a orar. Es necesario aferrar siempre este impulso, y, aunque sea sólo por poco tiempo, ponerse a orar. Aunque sea sólo por cinco minutos, pero dedicarlos a la oración. ¡Es un impulso del Espíritu Santo! ¡Es una insinuación de tu ángel custodio! ¡No escuches el pensamiento contrario!
No podrás de ningún modo prepararte mejor sino siguiendo la atracción divina. Nadie viene a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae [1], dice Jesucristo. Acaso no sabes que aquel instante de incitación que tú has dejado pasar sin haberlo seguido te habría abierto la fuente de la verdadera oración. Mientras el haberlo dejado en la inacción traerá invariablemente dolorosas consecuencias. Así, recordad que no hay nada mejor para tranquilizarte y prepararte a la oración que la oración misma. Y por esto no dejes pasar nunca vanamente el impulso a la oración. Cualquiera sea tu oración, sin embargo, practicándola, tú manifiestas una obediente sumisión al Señor, que mira nuestra intención.
(24 de noviembre de 1852. En el monasterio de San Jorge en Balaclava)
P.S. San Isaac el Sirio en el Discurso 47 (ff. 247, 251) escribe: El Señor ha dado la oración como sostén a nuestra debilidad. Por esto ningún hombre puede desesperar de la propia salvación. Es necesario sólo no abandonar el celo por la oración y no ser perezosos en pedir a menudo ayuda al Señor [2].
No se debe dudar –continúa el mismo autor (Discurso30, ff. 165 y 168)- si durante la oración no se llega a la contrición [3]. Para conocer la dulzura de la oración es necesario dejar la cantidad de los versículos de la salmodia y profundizar en el estudio de las palabras del Espíritu [4].
¡Cómo es poderosa y necesaria la oración de Jesús!
Carta XXI
Ante Dios ninguna oración “se pierde”. Este es el adagio nacional de nuestros antepasados rusos. ¡Qué palabras profundas! Contienen en sí la verdadera filosofía: aquí la palabra indeterminada “oración” – vale preguntarnos, ¿cualquier oración no se pierde ante Dios?- ofrece una visión peculiar sobre el sentido interior de nuestro adagio.
Nosotros somos cristianos, y en la Palabra de Dios vemos, y por la experiencia de los santos sabemos, y quizás nos ha sido dado experimentar en nuestra propia vida por qué ante Dios ninguna oración se pierde. Basta sólo abrir el evangelio, y os convenceréis sin duda que la oración en Dios no se pierde, si buscad y leed el pasaje donde Jesús dijo: “Pedid y se os dará, golpead y se os abrirá, quien busca encuentra y quien golpea se le abre” (Mateo 7) [5] y “¿El Señor no escuchará por tanto a quien grite a él día y noche?” [6]. Leyendo esta palabra, seguramente, os repito, os convenceréis y, dando el justo reconocimiento a vuestros antepasados rusos, que conocían tan bien por experiencia la santa Escritura, exclamad con todo el corazón: “¡Ante Dios ninguna oración se pierde!” Les están agradecido: vosotros habéis dado pleno significado al profundo sentido religioso de esta frase. Yo por lo menos digo así: basta dar una mirada a la historia de la Iglesia y encontraréis una enorme cantidad de hechos relativos a este argumento. Veréis cómo, mediante la oración, Josué, hijo de Nun, hizo detener al sol [7]; Elías hizo descender lluvia [8]; David derrotó a Goliat [9]; Ezequías se escapó de la muerte [10]. Muchos eremitas respiraban con la oración, vivían gozosamente en la oración. Muchos cristianos aliviaron con la oración sus sufrimientos. Muchos cristianos obraron milagros con la oración… En efecto, sin bien todo esto los haya convencido de modo decisivo del hecho de que ante Dios ninguna oración se pierde, sin embargo, yo puedo adivinar el pensamiento que surge en vosotros sobre este punto: Yo creo –afirmad vosotros- que ante Dios la oración no se pierde, pero ¡sólo cuando esta es realizada de modo digno, es decir con intención pura, con fervor y un corazón ardiente!
Permítanme que les observe que con una aclaración de este tipo vosotros no habéis en absoluto completado el sentido del adagio, sino que lo habéis notablemente circunscrito y restringido. Ahora les mostraré que este adagio no vale sólo para la oración ferviente y pura, sino también para cualquier otra oración, les mostraré que absolutamente ninguna oración se pierde ante Dios. No sólo la oración con labios puros y dignos, sino incluso aquella pronunciada por labios impuros y pecadores, no permanece sin fruto, privada de consecuencias. Se los explicaré con algunos ejemplos. Los habitantes corruptos de Nínive comenzaron a orar y aquella populosa ciudad fue preservada [11]. Una mujer entregada a las pasiones se pone a orar en todo momento e inmediatamente consigue la salvación [12]. Ora el publicano pecador y vuelve a la casa purificado [13]. Ora el leproso y es rápidamente curado [14]. Ora el pagano Cornelio y su oración es escuchada: en virtud de una oración todavía sin fe, es convertido en un creyente de Cristo [15]. Quiero decir brevemente, dice Crisóstomo, que “la oración, más allá que sea realizada por nosotros, que estamos llenos de pecados, purifica rápidamente” (San Crisóstomo, “Sobre la oración”, p. 23). [16] Con todo esto, vosotros considerad que muchos pecadores han sido rápidamente purificados por la oración… pero ahora estáis pronto a replicarme que su oración estaba llena de conciencia de su propio pecado, de arrepentimiento y de fervor interior, y que justamente ésta es la condición adecuada y pura, para que la oración no se pierda ante Dios.
¡Esta es vuestra conclusión! Pero tened un poco de paciencia, y yo les demostraré que también la oración inconsciente, incluso indigna de llevar este nombre, no se pierde ante Dios. Pedro, “hombre de poca fe”, ruega a Dios, y junto a la amonestación por su poca fe es salvado de “ahogarse” [17]. Una mujer exaspera al juez con su oración y obtiene lo que pedía [18]. Mirad un poco más, lo que dice Juan de Cárpatos: “El orgulloso Faraón se puso a orar para que Dios alejase de él la muerte y fue escuchado. Del mismo modo también, los demonios que rogaron al Señor no ser arrojados al abismo, fueron escuchados” [19]. Y si leed las leyendas y los relatos espirituales, cuántos ejemplos encontraréis de cómo muchos pecadores, en los cuales se había ya radicado la inclinación al mal, oraban para tener éxito en sus crímenes, y ¿qué sucedió? Semejante oración, contraria a Dios, les trajo fruto: les abrió sus ojos interiores y de un modo evidentemente milagroso los llevaba a una oración pura (Relato del icono “Alegría inesperada”[20]). Pero para persuadiros aún más de la fecundidad de toda oración, incluso la árida, inconsciente e incluso negligente, considerad lo que dice el profeta David sobre la utilidad de la oración de los animales: él, cantando a la magnanimidad de Dios, “que da alimento a los pequeños cuervos, que invocan su Nombre” [21], revela claramente que también la oración natural, casi inconsciente, de los animales, recibe su recompensa: recogen los frutos de la oración. […]
Sí, y en verdad, si oran los ángeles, y están siempre dulcemente saciados de oración; oran los santos, y son escuchados; oran los pecadores, y son perdonados; oran los malvados, y son endulzados; oran los que no conocen a nuestro Dios y son escuchados; oran los animales, y Dios les provee de lo necesario; oran los demonios, y obtienen su pedido; ¿cómo pues de todo esto vosotros no deducís la verdadera y justa conclusión de que ninguna oración se pierde ante Dios?
Pero, quizá, me haréis ahora una pregunta: ¿Cómo explicar que yo mismo muchas veces oro para recibir esto o aquello, pero por la indignidad de mi oración no obtengo lo que pido: por consecuencia, mi oración ha sido infructuosa, ha sido vana, se ha perdido ante Dios?
No–les respondo-, no es así. El Señor acoge nuestra oración incluso cuando no cumple nuestros deseos. Él predispone nuestro verdadero bien y nuestra salvación también cuando no se cumple lo que nosotros pedimos, por nuestra incomprensión y nuestra ignorancia. ¿Cómo puedo saber, por ejemplo, que algo que para mi débil intelecto parece necesario y útil, no sea para mí ruinoso y fatal una vez conseguido? Y por esto, incluso si no recibo aquello que he pedido, la oración me ha ya traído su fruto y su utilidad para mi bien fundamental. Esta circunstancia me confirma el hecho de que la oración no se ha perdido.
Si nuestras ordinarias palabras no sólo no desaparecen, ni se desvanecen después de haber sido pronunciadas, sino que toman consistencia y viven y se mueven en la esfera luminosa hasta el juicio universal [22] […] ¿cómo pueden entonces perderse o desvanecerse las palabras de la oración, que aún con todo nuestra falta de atención, es ella misma vida en el nombre de Jesucristo, ella misma concentra en sí un poder misterioso y autosubstancial y realiza milagros incluso sobre labios indignos de tal invocación? ¡Este pensamiento luminoso con qué fuerza confirma nuestra hipótesis, de que ante Dios ninguna oración se pierde!
Después de todos estos argumentos convencidos de la eterna subsistencia de la oración, ¿quién no se decidiría a ejercitarse incesantemente, o al menos a menudo, en la oración? ¿Quién permanecería indiferente pensando y hablando de este ejercicio tan importante, benéfico y necesario, cuando todo pensamiento, toda palabra de oración no desaparecen, ni se pierden, sino que viven, se conservan y actúan para nuestro bien?
Y así, orad incesantemente, o por lo menos cuanto más a menudo sea posible. ¡Invocad el nombre de Jesucristo sin cesar! Encontrareis alegría y salvación. Orad -os lo repito- cuanto más a menudo les sea posible; llenad cuanto más les sea posible vuestro espíritu con esta invocación, para que, impregnándoos de ella, sintáis por experiencia que ante Dios ninguna oración se pierde.
12 de marzo de 1846
N.B. (Marco el Monje, c. 23): Un hombre, que tenía la intención de hacer el mal (de pecar), antes se puso a orar, como de costumbre; y luego, retenido por la providencia, agradeció grandemente a Dios [23].
Juan Crisóstomo: “La oración, por más que sea realizada por nosotros que estamos llenos de pecados, purifica rápidamente”[24]; (Simeón, “Sobre la oración”,centuria 23); (Gregorio el Sinaíta). A los que se apresuran a invocar a menudo el nombre del Señor Jesucristo, les son rápidamente perdonados los pecados (Simeón 74) [25]; (Filoteo el Sinaíta): Cuando el alma acoge la intención de orar, ella es entonces liberada de las tinieblas del pecado [26]. (Juan de Cárpatos): “Tan pronto como hayas dicho: ¡He pecado, Señor!, te será dada la respuesta: Tus pecados te son perdonados” (Discurso ascético). Cuando invocamos el nombre del Señor Jesucristo, nuestra conciencia es rápidamente purificada […] [27] (Pensamientos de consolaciones).
Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 88- 95.
[1] Juan 6, 44
[2] Isacco di Ninive, Prima collezione 73 (slavo 47); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, pp. 201, 205.
[3] Ibid. 53 (slavo 30); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, pp. 133-134.
[4] Cf. El capítulo “Cómo debes orar sin el movimiento de los pensamientos”, en Isaac de Nínive, Prima collezione 53 (slavo 30); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, p. 136.
[5] Cf. Mt 7, 7-8 y Lc 11, 9-10.
[6] Cf. Lc 18,7.
[7] Cf. Jueces 10, 12-13.
[8] Cf. I Re 18, 41-45.
[9] Cf. I Sam 17, 41-45.
[10] Ezequiel, duodécimo rey de Judá, hijo del rey Acaz, el episodio recordado está en 2 Re 20, 1-11; Is 38.
[11] Cf. Gn 3, 6-10
[12] La mujer que lavó los pies del Salvador, esparciéndole perfume en Lc 7, 38.
[13] Cf. Lc 18, 13-14.
[14] Cf. Mt 8, 2-3; Mc 1, 40-42; Lc 5, 12-13.
[15] Cf. Hechos 10, 1-48 (en particular v. 31)
[16] Cf. supra, p. 77, n. 104.
[17] Cf. Mt 14, 28-31.
[18] Cf. Lc 18, 2-5.
[19] Juan de Cárpatos, Cien capítulos de admoniciones69, en Dobrotoljubien III, p. 95; La Filocalia I, p. 420; cf. Ex 10, 17 y Lc 8, 31.
[20] Cf. supra, p. 45, n. 22.
[21] Cf. Sal 146, 9.
[22] Cf. Mt 12, 36-37.
[23] Marcos el Monje, La ley espiritual 23, en Dobrotoljubie I, p. 5232; La Filocalia I, pp. 173-174.
[24] Cf. supra, p. 77, n. 104.
[25] Los nombres de los padres citados entre paréntesis indican las citas más amplias de sus escritos que el autor tenía probablemente la intención de citar en el texto.
[26] Cf. supra, p. 77, n. 105.
[27] Cf. Juan de Cárpatos, Discurso ascético y muy alentador dirigido a los monjes de la India, sobre su pedido, como suplemento de los cien capítulos (omitido por la Filocalia rusa), en Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija II, pp. 294-295; La Filocalia I, p. 431.
IV
El camino de la verdad, en cuanto es posible, lo conoces. El sendero del corazón, al menos a tientas, lo has encontrado. La persuasión de que sólo el ejercicio práctico en el corazón puede introducir hasta las profundidades de sí mismo, ya lo has probado por la lectura y por la experiencia. Ahora, ¿qué te falta? Ciertamente, nada más que la resolución puesta en práctica. ¿Y qué es lo que te impide a hacerlo? ¿La pereza? ¡Entonces, evidentemente, la convicción no es tan firme! ¿La concupiscencia? ¡Entonces, evidentemente, la dieta está equivocada! ¿Las circunstancias? ¡Entonces, se ve que la paciencia es débil e imperfecta!
¿Qué hacer? Tanto cuanto puedas, cuanto te sea posible, con cuanta fuerzas te queden, pide ayuda, pide que el Señor te indique el camino hacia él.
(En un bosque solitario, 6 de julio 1851)
V
Te aflige que tu alma sea fría, que tu corazón no sea capaz de una ininterrumpida unión con Dios, ni de la incesante oración en el nombre de Jesucristo. Pero si esto te apena es un buen signo. ¡Sin embargo es triste que esto te traiga tan poco fruto! ¡Ahí de mí! Prueba reaccionar con esta medicina: medita con atención que no hay bajo el cielo ningún otro Nombre dado a los hombres en el cual puedan ser salvados (Hechos 4,12). Y después considera las consecuencias de la invocación orante del nombre de Dios, la fuerza de la invocación:
1. Pedro, con sus dudas y su poca fe, es salvado de ahogarse por haber invocado el nombre de Dios (Cf. Mt. 14, 24-31).
2. Los discípulos espantados, después de haber invocado el nombre de Dios, ven aplacarse las olas del mar. (Cf. Mc 4, 35-41; Mt 8, 23-27; Lc 8, 22-25).
3. El ciego de Jericó, gritando el nombre de Jesucristo, recupera la vista (Cf. Lc 18, 35-42).
4. El padre del niño, a pesar de sus dudas, invoca el nombre de Jesús y su hijo le es sanado (Cf. Mc 9, 17-27).
5. Uno que no seguía a Jesucristo, hecha a los demonios en su nombre (Cf. Mc 9, 38; Lc 9,49).
6. Los exorcistas hebreos curaban las enfermedades mediante el nombre de Jesucristo (Cf. Mt 12, 27).
7. El nombre de Jesucristo, representado por las indignas manos del sacerdote, transforma el pan y el vino en cuerpo y sangre… [1]
¿Ves como es poderoso el nombre de Jesucristo, y cómo actúa por sí solo también en los labios de personas débiles?
Inesperada y prodigiosa eficacia de la invocación del nombre de Jesucristo:
1. El joven Jorge fue inesperadamente iluminado y colmado de consolaciones durante la oración. [2]
2. San Máximo, besando el ícono de la Madre de Dios, recibe el don de la oración. [3]
3. Un pecador inconsciente, a través de la oración, conoció una alegría inesperada. [4]
4. La muchacha lasciva, gracias a la oración, fue hecha digna de ver a Jesucristo.
5. Aquel que, abstraído en una danza con los demonios, pronunció sin intención el nombre de Jesucristo recobró la razón y los espíritus desaparecieron [5].
6. El anciano, que con los salmos no había podido echar al espíritu oscuro que lo atormentaba, lo destruyó con la oración de Jesús.
7. El pastor, que buscando a una oveja se había perdido de noche en el bosque, recibe sin querer el don de la oración [6].
8. Como se abre la puerta con la llave, la oración abre el camino al corazón.
9. Sobre el sepulcro de los Santos Sergio y Germán [7], aquel que invocó el nombre de Jesucristo, obtuvo el don de la oración.
10. El campesino que era sastre, después de la lectura de un libro sobre la oración, pronunció el nombre de Jesucristo y se volvió un hombre de oración.[8]
11. Una persona, asistiendo al suplicio de un bandido, habiendo invocado el nombre de Jesucristo, aprendió a orar.
12. Un monje, celebrando los santos misterios, recibió la acción de la oración.
13. Dos que trabajaban en un jardín, improvisadamente advirtieron la acción espontánea de la oración después de la invocación del nombre de Jesucristo.
Consecuencias de la invocación, con deseo y espera, del nombre de Jesucristo:
1. Abad Filemón [9], después de haber enseñado sencillamente a invocar el nombre de Jesucristo, reveló a sus discípulos la acción de la oración.
2. Un aguatero moldavo, que deseaba aprender la actividad interior, en poco tiempo hizo grandes progresos en la oración.
3. El starec Vasilisk, gracias al conocimiento de la oración interior, alcanza rápidamente las más altas visiones. [10]
4. San Eustracio [11] cuando servía al altar invocaba el nombre de Dios y por esto recibía el don de hacer milagros.
5. O.L. [12] enseñó a S. a invocar el nombre de Jesucristo, lo cual rápidamente tuvo consecuencias prodigiosas.
6. San Nifonte [13] ve salir una llama de los labios de un monje que invocaba el nombre de Jesucristo.
7. El asceta Pedro [14], invocando el nombre de Jesucristo, rápidamente recibe consolación y todo [lo demás].
Después de haber considerado todo esto, acuérdate de la omnisciencia y del amor de Dios, y si en ti mismo no encuentras ni la fuerza ni el celo o la atención necesaria, recurre al menos a la invocación oral del poderoso nombre de Jesucristo. Y que tu esperanza descanse en su Nombre, que tu parte por lo menos sea la cantidad de las invocaciones.
En el Pustyn de San Saba, 18 de junio de 1851
Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 43- 47.
[1] Alusión al rito ortodoxo de la preparación de los panes eucarísticos.
[2] Referencia al relato sobre el joven Jorge presentado en Simeón el Nuevo Teólogo, Catechesi 22, presentado también en la Filocalia (cf. Dobrotoljubie V, pp. 452-462; La Filocalia IV, a cargo de M. B. Artioli y M. F. Lovato, Gribaud, Torino 1987, pp. 497-505. Cf. Symeón le Nouveau Théologien, Catéchéses II, a cargo de B. Krivochéine, SC 104, Cerf, Paris 1964, pp. 373-374 (tr. It.: Id, Catechesi, a cargo de U. Neri, Cittá Nuova, Roma 1995, pp. 361-362.
[3] Episodio de la Vida del monje athonita Máximo el Kausokalyba (ca 1270-1365); cf. Dobrotoljubie V, p. 473; La Filocalia IV, p. 517.
[4] La referencia es a la leyenda del ícono de la santísima Madre de Dios llamada“Alegría inesperada”, relatada en el libro de san Dimitrij di Rostov El vellón rociado. Se narra que el ícono de la Madre de Dios “Alegría inesperada” había sido pintado en recuerdo al evento que sigue: un pecador, mientras se disponía a realizar una mala acción, rezó por su buen éxito a la Madre de Dios, a lo que ella, enojada le muestra las llagas que en ese momento se han abierto en las manos y en los pies del niño Jesús que tenía en brazos, y le explicó que cada vez que alguien cae en pecado las llagas comienzan a torturar a Cristo. Espantado por la ira divina, el pecador imploró perdón y se volvió justo. En este ícono está representada una habitación con la imagen de la santísima Madre de Dios colgando en la pared, delante del cual está de rodillas el penitente.
[5] Un episodio semejante se encuentra en la vida de Isaac de las grutas de Kiev. Cf. Zitija svjatych na russkom jazyke, izlozennye po rukovodstvu Cet’ich-Minej sv. Dimitrija Rostovskogo VI, Moskva 1905, pp. 284, 287.
[6] Cf. Racconti di un pellegrino ruso[Relatos de un peregrino ruso], pp.184-185.
[7] Según el obispo Arsenio (Letopis’ cerkovnych sobytij, Sankt-Peterburg 1880), los santos monjes Sergio y Germán habrían fundado en 1329 el monasterio de la Transfiguración sobre la isla de Valaam, en el lago de Ladoga. Sus reliquias son veneradas en Rusia desde tiempos muy antiguos.
[8] Cf. Racconti di un pellegrino ruso[Relatos de un peregrino ruso], pp.118-119.
[9] La referencia es al Relato utilísimo sobre el Abad Filemón contenido en La Filocalia. Cf. Dobrotoljubie III, Moskva 1900, pp.360-375. La Filocalia II, a cargo de M. B. Artioli e M. F. Lovao, Gribaudi, Torino 1983, pp. 357-371.
[10] En este lugar es insertada una nota posterior, rayada por uno de los monjes de Optina: “En la biblioteca del skit hay un manuscrito sobre los aspectos de la actividad interior del starecVasilisk”
[11] La referencia es a san Eustracio de Tarso, superior del monasterio situado sobre el monte Olimpo. Cf. Zitija svjatych na russkom jazyke, izlozennye po rukovodstvu Cet’-ich-Minej sv. Dimitrija Rostovskogo V, Moskva 1904, p. 289.
[12] Probablemente se refiere al staret Leonid de Optina (1768-1841).
[13] Cf. Gregorio el Sinaíta, Breve noticia sobre la hesiquía del muy santo y vigilante Nifonte, escrita por pedido de este último en quince capítulos 10. Cf. DobrotoljubieV, p. 233; La filocalia III, p. 591. Mistici bizantini, p 497
[14] Cf. Gregorio Pálamas, Vida de Pedro el Athonita. PG 150, 996-1040.
Carta XIX
Cuando pecamos, cuando caemos por la debilidad de nuestra naturaleza, más que a ninguna otra cosa, el espíritu de las tinieblas busca insinuar en nosotros el desaliento, conducirnos a la desesperación, que es peor que cualquier pecado. Éste nos sugiere pensamientos perversos: que la oración del pecador es aborrecida por Dios; que el arrepentimiento es inaccesible a quien se ha ensuciado profundamente con el pecado y que no hay esperanza de cambio; que el arrepentimiento, privado de una decisión inquebrantable, no impregnado de la humildad más profunda y de las lágrimas, no es más que un engaño de la imaginación; que incluso la oración de arrepentimiento es impotente y está fuera del alcance del pecador.
Es muy fácil para quien es inexperto en la lucha espiritual tomar todo esto como verdadero. Y es por esto, para ofrecer un escudo contra semejantes dardos del enemigo, que citamos un consolador párrafo del primer discurso de San Juan Crisóstomo a Teodoro, quien había caído en pecado:
“¡Pecador! No desesperes de la posibilidad de cambiar para mejor tu situación. Ya que si el diablo tuvo tanto poder como para hacerte precipitar desde la altura de la virtud hasta el extremo del mal, cuánto más el Dios omnipotente podrá de nuevo elevarte a la primitiva libertad y hacerte no sólo tal cual eras, sino mucho más feliz que antes. Sólo no te desanimes, no pierdas la vigorosa esperanza, no actúes como los impíos. Ya que sólo lo que hace hundirte en la desesperación no es la multitud de los pecados, sino la impiedad del alma. […]
Supongamos que alguien se haya manchado de toda clase de pecados y haya cometido todo lo que pueda cerrarle el ingreso al Reino. Y que éste, además, no sea de aquellos que no tenían fe, sino que antes era contado entre los creyentes agradables a Dios, y luego se haya convertido en un fornicador, adultero, depravado, rapaz, alcohólico, mentiroso, blasfemador y cosas semejantes. Un hombre así desesperará de sí mismo, por haber conducido hasta su avanzada ancianidad una vida tan indeciblemente viciosa. En efecto, si la ira de Dios fuese una pasión, justamente uno debería desesperarse, no teniendo posibilidad de apagar la llama por él mismo encendida con tantas acciones perversas. Pero ya que la divinidad es impasible y, sea que castigue, sea que golpee, no obra por ira, sino al contrario, por su gran cuidado y amor que alimenta por los hombres, se debe tener una gran confianza y confiar en la fuerza del arrepentimiento. En efecto, Él no castiga por venganza personal a los que han pecado en su contra, ya que ningún daño le afecta en su sustancia. No, Él hace esto teniendo presente nuestro provecho, a fin que nosotros no crezcamos en nuestra perversión. Como quien se aleja de la luz no le ocasiona ningún daño, al contrario, se hace un mal más grande a sí mismo ya que se hunde en las tinieblas, así también el hombre acostumbrándose a descuidar aquella fuerza omnipotente, no la daña para nada, sino por el contrario, se causa un daño irreparable a sí mismo. Justamente por esto Dios amenaza con castigarnos, no para vengarse sino para atraernos a él.
“¡Tal es el amor de Dios por el hombre!” Él no rechaza jamás un sincero arrepentimiento, al contrario, si incluso alguien hubiese llegado al punto límite del mal, y luego decidiese volver nuevamente al camino de la virtud, Dios lo acogería, lo dejaría volver a sí y haría todo como para que él volviera a su estado primitivo. Pero ved cómo se manifiesta aún más su amor por el hombre: si alguno muestra un arrepentimiento aunque sea aún imperfecto, también esta breve e incompleta conversión no es rechazada por Dios, sino por el contrario, por ella Él da una gran recompensa. Y esto se lo ve por la santa Escritura, que dice del pueblo judío: “Por sus pecados me he por poco enojado con él, y lo he golpeado, y he apartado mi rostro de él; y abatido ha vagado por sus senderos; y lo he curado, y consolado” (Isaías 57, 17-18) [1]
Y así, arrepintámonos aquí, te lo ruego, y aprendamos a conocer a nuestro Señor como se lo debe conocer. En efecto, sólo se deberá perder la esperanza del arrepentimiento, cuando no estemos ya más vivos, porque sólo entonces esta medicina será impotente e inútil. Pero mientras estemos aquí, ésta se muestra grandemente eficaz, incluso hasta cuando fuese asumida en la ancianidad. Por esto, también el diablo hace todo lo posible para arraigar en nosotros el pensamiento de la desesperación, porque sabe que si nosotros nos arrepentimos aunque sea un poco, incluso este poco no quedará para nosotros sin fruto. Y como quien da un vaso de agua fresca no quedará sin recompensa [2], del mismo modo quien se arrepiente de sus propias acciones malvadas, incluso aunque no llegara a una digna contrición de sus pecados, recibiría sin embargo aún así la recompensa por el propio arrepentimiento. En efecto, absolutamente ningún bien, por cuan insignificante pueda parecer, será olvidado en el justo juicio. Si los pecados serán indagados con tal severidad, que nosotros deberemos dar cuenta también de las palabras y de los deseos [3], ¡cuánto más [4] las buenas acciones, sean pequeñas o grandes, nos serán contadas en aquel día! Y así también tú, sin estar en condición de volver a la austeridad de un tiempo, si al menos un poco te apartaras del verdadero y propio torbellino de esta vida, no dejarás de obtener beneficio. Sólo pon inicio a la obra.
Quien se arrepiente puede irradiar una gran luz, a menudo aún más luminosa de aquellos que desde el inicio jamás han caído, como queda claro en la Escritura: así incluso los publicanos y las prostitutas heredarán el reino de los cielos [5]. Así muchos son preferidos a los primeros [6]. Te contaré ahora un caso extraordinario, que da testimonio del inmenso poder del arrepentimiento y de la fuerza de ánimo. Un archidiácono, después de muchas fatigas viviendo por mucho tiempo en la anacoresis agradable a Dios, llevando una vida angélica con un solo compañero y habiendo llegado ya a la ancianidad, no sé de qué modo, pero por una alucinación de Satanás y la ligereza de un momento, fue presa de la lujuria carnal. Y empezó a exigir carne y vino al compañero, amenazando que si no se lo daba iría él mismo al mercado. Aquel, temiendo que por contradecirlo le causaría un mal mayor, se lo concedió. Y este, cuando se dio cuenta que su astucia no había hecho efecto, con abierta impudencia dijo que debía, de manera absoluta, ir a la ciudad. El otro, no pudiendo retenerlo, lo dejó ir, pero lo seguía desde lejos, quería ver cuál era el motivo de su salida. Y así, vio que él iba a un prostíbulo y supo que él buscaba caer en la fornicación. Habiendo esperado a que satisficiese su impuro deseo, cuando salió, lo recibió con los brazos abiertos y lo beso amorosamente, sin dirigirle el más mínimo reproche por el pecado que había cometido, pero le rogó solamente que, habiendo ya aplacado el impulso carnal, volviese de nuevo a su ermita. Este, sintiendo vergüenza por la gran ternura de su hermano, sintió compunción por su propio pecado y lo siguió, volviendo al desierto. Una vez llegado allí, le rogó que lo encerrara en una celda aparte y, que cerrara la puerta, llevándole el alimento cada día, y decir a cuantos preguntaran por él que él estaba muerto. Vivió así en reclusión, lavando el alma de la inmundicia del pecado con la oración y el ayuno. Pasado un tiempo, una sequía sobrevino en una región vecina y todos sus habitantes cayeron en la angustia. Un hombre recibió en sueños el mandato de ir a pedir la intercesión del recluso para hacer cesar la sequía. Tomando a otros consigo, este se dirigió hasta donde vivían los dos anacoretas, y encontró sólo al compañero del recluso, y cuando le preguntó dónde estaba él, este le contestó que había fallecido. Pensado que le había engañado, de nuevo se puso a orar y nuevamente tuvo la visión obteniendo la misma respuesta. Entonces, dirigiéndose nuevamente al compañero, que efectivamente les había engañado, le pidieron que les mostrara al recluso, afirmando que no estaba muerto sino vivo. Él, a partir de estas palabras, viendo que su engaño había sido descubierto, los condujo hasta aquel santo recluso y, abriendo la puerta, entraron todos a donde él estaba, se postraron a sus pies y manifestándole su necesidad, le suplicaron que los liberara del hambre. Éste primero se excusó, manifestándose incapaz de tal audacia a causa de sus propios pecados. Pero cuando le contaron en detalle todo lo que había sucedido, aceptó orar. Y tan pronto como él, retomando su antigua dignidad monástica, se puso a orar, terminó la sequía. [7]
Qué sabiduría de Dios e indecible misericordia se revelan en este evento: la tentación hizo humilde al asceta; el arrepentimiento lo ha elevado al más alto grado de la vida contemplativa; la revelación de todo esto ha mostrado a los hombres la fuerza de la oración, afianzándolo en la fe y alentando al mismo asceta arrepentido, haciéndole conocer más en profundidad el amor divino. ¡Tales son las consecuencias del arrepentimiento!
Sí, y en verdad, ¿si Jesucristo ha mandado al hombre: “si tu hermano ha pecado contra ti y te dice: ‘me arrepiento’, perdónale” [8], no hará Él lo mismo, Él que es Dios-hombre y abismo de misericordia y amor? ¿Si Él mismo nos dice la parábola del hijo pródigo en la cual el padre amoroso sale al encuentro del hijo depravado y, casi anticipándose, se le tira al cuello y lo abraza con afecto [9], no seguirá también el mismo ejemplo con cada pecador al primer pensamiento, al primer paso hacia el arrepentimiento? El santo profeta David, que había conocido por experiencia la fuerza del arrepentimiento, exclama: “He dicho:‘confesaré mi culpa al Señor’, y tú has perdonado la maldad de mi corazón” [10]. Que quiere decir: yo solo decidí, dentro de mí: quiero confesar mis pecados a Dios, y el Señor ya me había perdonado.
¡Esta es la fuerza del arrepentimiento! Y ¿qué sería de nosotros, si el Señor nuestro Padre, grande en perdón, no nos hubiese dado este potentísimo y ágil instrumento para nuestra salvación y santificación?
(13 de enero de 1859. En el monasterio de San Pafnutij [11)
Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 82- 88.
[1] Cf. Juan Crisóstomo, Tratado a Teodoro 1; 4; 6, en Tvorenija svjatogo otca nasego Ioanna I/I, Sankt-Peterburg 1898, pp. 2-8; Id., A Teodoro, a cargo de J. Dumortier, SC 117, Cerf, Paris 1966, pp. 84, 94-96, 106; Id., A Teodoro, a cargo de D. Ciarlo, Cittá Nuova Roma 2004, pp. 56-57, 61-62, 66-67.
[2] Cf. Mt 10, 42; Mc 9, 41
[3] Cf. Mt 12, 36-37; 5, 22. 28
[4] Mt 6, 30; 1 Juan 3,20
[5] Cf. Mt 21, 31-32
[6] Cf. Mt 19, 30; 20, 16; Mc 10, 31; Lc 13, 30
[7] Cf. Juan Crisóstomo, Tratado a Teodoro 19, en Tvorenija svjatogo otca nalego IoannaI/I, pp. 30-31; Id., A Théodoro, pp. 198-202; Id., A Teodoro, pp. 104-106.
[8] Cf. Lc 17,4
[9] Cf. Lc 15, 11-32
[10] Cf. Sal 31, 5
[11] Pafnutij Borovskij (+ 1478) fundó en la ciudad de Borovsk (en la región de Kaluga) un monasterio que conserva sus reliquias